dijous 19 de novembre de 2009

Movilización por el clima y estrategia anticapitalista

Informe al 16º congreso de la IV internacional sobre el proyecto “ cambio climático y nuestras tareas”

Tres mil millones de personas carecen de lo esencial para vivir. La satisfacción de sus necesidades requiere una producción cada vez mayor de bienes materiales. Y por tanto un consumo creciente de energía. Esta, hoy en día, es en un 80% de origen fósil, y como consecuencia fuentes de gases productores del “efecto invernadero” que desequilibran el sistema climático. Pero ya no podemos permitirnos desequilibrar el clima. Probablemente, no estamos lejos del “punto de inflexión” (tipping point) mas allá del cual fenómenos incontrolables e irreversibles corren el riesgo de desencadenarse y conducir a lo que, ni la humanidad, ni el planeta han conocido desde hace 65 millones de años: un mundo sin hielo. Un mundo en el cual el nivel de los mares subiría, aproximadamente, 80 metros sobre el nivel actual.

La desaparición total de los hielos, evidentemente, no es para mañana: el proceso podría durar hasta mil años. Pero el engranaje podría ponerse en marcha en veinte, treinta o cuarenta años y conllevar una subida del nivel de los mares de varios metros antes del fin del siglo. Para impedirlo, habría que reducir radicalmente las emisiones de gas con efecto invernadero, o sea prescindir completamente de combustibles fósiles en dos o tres generaciones. ¿Prescindir del carbón, del petróleo, del gas natural? Es posible: el potencial técnico de las energías renovables es suficiente para tomar el relevo. Pero en la práctica, en el lapso de tiempo, tan corto, que disponemos, la transición energética no es posible si no va a la par de una reducción importante del consumo de energía. Una reducción tan importante que no es posible conseguir solamente con el aumento de eficiencia energética: es necesaria una reducción de la producción material y del transporte.

Esto nos lleva a comprender y a hacer comprender que la humanidad se enfrenta a un desafío gigantesco. Un desafío de una naturaleza totalmente nueva, y que dominara el siglo XXI. Un desafío que contribuye a determinar las condiciones de intervención de los marxistas revolucionarios y del movimiento obrero en general.

El capitalismo no puede recoger el guante de este doble desafío Ni en el plano social, ni en el plano medioambiental. Más exactamente: no lo puede hacer de una manera que sea aceptable por la humanidad (volveré más adelante sobre lo que esto implica). La razón de esta incapacidad es la misma en los dos planos citados: El capitalismo no tiene por fin la producción de valores de uso para la satisfacción de las necesidades humanas, sino la producción potencialmente infinita de valor por capitales numerosos y en competencia, establecidos alrededor de Estados rivales.

Un capitalismo sin crecimiento es una contradicción en sus términos, decía Schumpeter. La desmaterialización relativa de la producción es, ciertamente, una realidad, pero está más que compensada por el aumento de las mercancías producidas.

Esta dinámica de acumulación constituye la razón fundamental por la cual el “capitalismo verde” es una ilusión, lo mismo que el “capitalismo social”. Hay capitales “verdes”, sin duda alguna, e incluso cada vez más, y generan buena plusvalía. Pero estos no remplazan los “capitales sucios”: se añaden a estos y los secundan, porque estos dominan, determinan los ritmos, las opciones tecnológicas y las modalidades de introducción de los primeros. El pasado reciente no deja ninguna duda al respecto. Veamos Barack Obama: durante su campaña electoral, había prometido hacer pagar a los contaminadores para sostener masivamente las energías verdes (150 mil millones de dólares en 10 años) y ayudar los más desfavorecidos a soportar el encarecimiento de la energía. Esta política, se suponía, crearía cinco millones de empleos. Pero la crisis de las “subprimes” paso por allí, y de todas esas intenciones ya no queda nada. En USA, como en la UE, los contaminadores tendrán los derechos de contaminar gratuitamente, los venderán con beneficios y los facturaran a los consumidores.

La política climática capitalista refuerza a los capitalistas que destruyen el clima. Así se explica la fuerza de los “lobbies” patronales de la energía fósil y de sectores ligados a ellos, como la industria del automóvil, la construcción naval, la aeronáutica, la petroquímica y otras. Esto confirma el análisis marxista según el cual los monopolios tienen la capacidad de frenar la redistribución de las tasas de beneficios. En el caso de los combustibles fósiles, esta capacidad es mucho mayor ya que se ancla en la propiedad de los yacimientos, de las minas, etc., por lo tanto a la propiedad de los bienes raíces.

El resultado está ante nuestros ojos: en todos los países, los planes climáticos no representan ni siquiera la mitad de lo que sería necesario en términos de reducción de las emisiones de Gases Efecto Invernadero (GEI). Además, estos planes profundizan las desigualdades sociales y se acompañan de una huida hacia delante en las tecnologías peligrosas: la energía nuclear, la producción masiva de agrocarburantes y la captura secuestración geológica del CO2 (supuestamente para hacer el carbón “limpio”). Es en este escenario general donde hay que situar la “bufonada” de Copenhague: la conferencia ultra-mediática que tendría que haber dado a luz un nuevo tratado internacional obligatorio y ambicioso que tomase el relevo del Protocolo de Kyoto y que ha terminado en derrota: sin fijar objetivos, sin plazos, sin siquiera un año de referencia para medir las reducciones de emisiones. Por otra parte Copenhague podría marcar el viraje hacia una política todavía más peligrosa que la del Protocolo. Por el acuerdo a que se ha llegado, en efecto, los 25 países gran contaminantes, se han sustraído a la presión científica del GIECy al principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas. Es un acuerdo de chalaneo entre el imperialismo y las nuevas potencias capitalistas ascendentes, que se han repartido la atmósfera sobre la espalda de los pueblos, de los trabajadores y de los pobres del mundo entero.

Mucho hay que temer que la Conferencia de Cancún en diciembre confirme este retroceso. En este caso, sobre la base de los actuales planes climáticos de los estados, se puede proyectar una subida de temperatura media de la superficie comprendida entre 3,2 y 4,9º C en 2100 (Con relación al siglo XVIII) Hay que desconfiar de un catastrofismo con acentos escatológicos. Ciertos discursos apocalípticos, en efecto, no invocan la urgencia nada más que para defender los sacrificios y escamotear la responsabilidad capitalista. Pero no cabe ninguna duda que una subida de 4º C entrañaría verdaderas catástrofes sociales y ecológicas.

Se trata aquí de tomar la exacta medida de la amenaza. No es el porvenir del planeta lo que está en juego, ni la vida sobre la tierra, ni siquiera la supervivencia de la especie humana. Aparte de la caída de un asteroide, un accidente nuclear de gran amplitud es probablemente la única cosa que puede amenazar la supervivencia de nuestra especie. El cambio climático, en todo caso, no la amenaza. Pero amenaza con agravar muy seriamente las condiciones de existencia de 3 mil millones de mujeres y hombres que ya carecen de lo más elemental. Y amenaza la supervivencia física de varias centenas de millones entre ellos, estas y estos que son los menos responsables del calentamiento.

(*) Política económica que intenta nivelar las cargas a prorrateo.

Mike Davis, en “Genocidios tropicales”, ha descrito con detalle las terribles hambrunas que causaron decenas de millones de victimas al fin del siglo XIX. Estas hambrunas fueron el resultado combinado de un episodio excepcional de “El niño” y de la formación del mercado mundial de productos agrícolas. Es la repetición de tragedias de este tipo las que podemos esperar. Esta vez, el drama será debido enteramente a la sed de beneficios del gran capital, en particular de los sectores monopolistas basados en los combustibles fósiles. Esto nos permite precisar en que consiste la incapacidad del capitalismo para hacer frente al desafio. “No hay situación sin salida para el capitalismo” decía Lenin. En efecto. Pero la salida, esta vez, corre el riesgo de ser particularmente bárbara.

Camaradas,

Es evidente que la crisis ecológica y la crisis social son una sola y misma crisis: la crisis del sistema capitalista. La expresión “crisis ecológica” es engañosa: no es la naturaleza la que está en crisis, sino la relación entre la sociedad y la naturaleza. No es el clima el que está en crisis y su perturbación no es debida a la “actividad humana” en general. Es debida a un cierto modo de esta actividad, históricamente determinada, basada sobre los combustibles fósiles. La crisis ecológica, en otros términos, no es nada más que una manifestación de la profunda crisis sistemica del capitalismo. Es absolutamente evidente que satisfacer el derecho al desarrollo y las necesidades sociales en general, al mismo tiempo que realizar las gigantescas reducciones de emisiones que son necesarias en los cuarenta años que vienen, solo es posible adoptando una perspectiva anticapitalista radical. Esther Vivas volverá sobre nuestras tareas políticas en la segunda parte de este informe. Yo me contentaré aquí con citar las principales medidas que se imponen: suprimir las producciones inútiles o perjudiciales; planificar la transición hacia otro sistema energético; implantar las fuentes renovables y desarrollar la eficiencia energética independientemente de los costes (en función de la racionalidad termodinámica y no del beneficio económico); transferir masiva y gratuitamente las tecnologías limpias a los pueblos del sur, vía sector publico de los países concernidos; crear un fondo mundial para la adaptación a los efectos del recalentamiento en los países pobres; sostener la agricultura campesina contra los “agrobusiness”; relocalizar una parte sustancial de la producción, principalmente, la agrícola; redistribuir la riqueza gravando los ingresos del capital; reducir radicalmente el tiempo de trabajo y las cadencias, sin perdida de salario, con la contratación compensatoria; expropiar los sectores de la energía y del crédito…

Se nos dice: “Es más fácil de decir que de hacer”. No cabe duda, pero la primera cosa que hay que hacer….es decirlo. Y es lo que nosotros debemos hacer en primer lugar, en tanto que Internacional: decirlo. Eso no nos aislara. Al contrario. La lucha contra el cambio climático da una credibilidad muy considerable a la alternativa anticapitalista. La misma amplitud del problema, su globalidad, su urgencia, la injusticia monstruosa de las consecuencias previsibles: todo eso permite introducir muy alto y en términos sencillos la necesidad de una ruptura radical con la producción generalizada de mercancías.

Vista la enormidad de lo que está en juego, es mucho más que una elección política la que se plantea: es una opción de civilización. A través del peligro climático, el capitalismo nos ofrece una posibilidad de rehabilitar el comunismo como es en realidad: un proyecto de civilización digna de ese nombre. El proyecto de una comunidad humana autogestionando los recursos naturales comunes de manera racional y prudente, para permitir a todas y todos vivir bien –“bien vivir”. Frente a los proyectos vagamente antiliberales, la lucha contra los cambios climáticos conlleva nuestra elección de una línea claramente anticapitalista, asi como nuestro rechazo a participar en gobiernos de gestión del capitalismo.

Estratégicamente, la lucha por el clima no se distingue, para nosotros, de la lucha general de los explotados y de los oprimidos. Esta no puede ser llevada a buen término nada más que por estos: la clase obrera, los jóvenes, las mujeres, los pobres, los pequeños campesinos, los pueblos indígenas. La clase obrera es llamada a desempeñar el principal papel, porque solo ella puede crear otro modo de producción en el cual esta decidirá lo que se produce, como, porque, para quien y en que cantidad.

Al mismo tiempo, hay que decir que el combate por el medioambiente en general, y el climático, en particular, es difícil de introducir en el movimiento obrero.

Esta dificultad resulta de la situación de los trabajadores, en tanto que clase la más explotada, separada y alienada de sus medios de producción, separada de la naturaleza, en particular, como medio de producción, y que ve estos medios de producción, apropiados por el capital, erigidos enfrente como fuerzas hostiles. La conclusión que se desprende de ello es que la posibilidad de “ecologizar” la lucha de clases es función de la misma lucha de clases. Cuanto más sean los trabajadores golpeados, atomizados, desmoralizados, más verán la defensa del clima como una amenaza, y más la clase capitalista estará en medida de utilizar efectivamente la protección del clima como un pretexto para atacarlos más. En tal contexto, la conciencia ecológica no puede progresar nada más que bajo la forma alienada del desgarro intimo entre el consumidor convencido de su necesaria sobriedad y el productor angustiado por la perdida de su empleo. A la inversa, cuanto más éxito tengan los trabajadores en sus combates, más confianza tendrá en sus fuerzas y serán más capaces de asumir la cuestión ecológica y de aportar colectivamente, en tanto que productores y consumidores de su propia producción, las soluciones anticapitalistas indispensables.

Una mejor relación de fuerzas de los explotados y de los oprimidos es la condición necesaria de una solución anticapitalista a la crisis climática, en resumen: de una solución. Pero esta condición necesaria no es suficiente, y no permite nada más que retrasar el combate por el medioambiente. En efecto, además de su urgencia, la cuestión ecológica posee un cierto número de especificidades (¿) tales que la formación de una conciencia de clase anticapitalista choca con obstáculos todavía más grandes que en otros dominios.

De ello se desprenden tres conclusiones:

Primera.- La importancia de la construcción de una herramienta política, un partido político anticapitalista capaz de proponer análisis de la doble crisis: social y ecológica. Pocas veces la necesidad de un partido y de una Internacional revolucionaria, como intelectual colectivo, habrá sido tan flagrante.

Segundo.- La importancia de un programa de reivindicaciones que permita unir concretamente las dimensiones sociales y ecológicas de la crisis capitalista. El punto clave es la crisis climática, dando una actualidad nueva a la idea de una alternativa global de sociedad, rehabilita al mismo tiempo la noción de programa de transición capaz de tender un puente entre la situación actual y esta alternativa global.

Tercera.- La importancia de las dialécticas sociales para ayudar a la vanguardia obrera a jugar su papel. No es por casualidad que los campesinos, los pueblos indígenas y la juventud estén en primera línea en la movilización social por el clima. Los jóvenes luchan por su porvenir, contra una sociedad monstruosa en la cual los responsables saben lo que está pasando pero dejan hacer. En cuanto a los campesinos y los pueblos indígenas, a diferencia de los trabajadores, no están alejados, separados, de sus medios de producción, en particular de la tierra. Frente a un sistema capitalista que les ha condenado a muerte, han comprendido que la lucha climática forma parte de su lucha de conjunto y confiere a esta un plus de legitimidad. “Las campesinas y campesinos pueden enfriar el planeta que los “agrobusiness” recalientan” decía un comunicado de Via Campesina un poco antes de Copenhague.

Los trabajadores también pueden enfriar el planeta. Produciendo para las necesidades, no para los beneficios, reduciendo radicalmente el tiempo de trabajo, etc. La convergencia de los movimientos sociales puede ayudarles a tomar conciencia de la fuerza enorme que representan. De ahí la enorme importancia de la conferencia de Cochabamba convocada por Evo Morales.

Camaradas,

Adoptando este proyecto de resolución, la Cuarta Internacional se dirá ecosocialista.

Algunos rechazan esta etiqueta diciendo: “¿Para qué? El socialismo es suficiente”

Entre los adversarios del “ecosocialismo” están esos para los que nada ha cambiado, los que rechazan que el puro esquema de la Revolución de Octubre haya sido contaminado por la cuestión ecológica. No están, que yo sepa, presentes en nuestras filas. Por otra parte, hay camaradas que, aun admitiendo la novedad radical de la combinación de lo social y de lo ecológico, consideran el ecosocialismo como una concesión inútil a la ecología política. No se trata de eso.

Se puede discutir largamente la existencia o no de una ecología de Marx. Personalmente, yo creo que Marx es mucho más “ecolo” de lo que se ha dicho. Pero lo esencial no está ahí.

Lo esencial es que todas las corrientes marxistas han fallado en la cuestión ecológica, que algunos continúan fallando y que todos tienen dificultades en responder de una manera convincente.

Llamarse ecosocialistas es, en primer lugar, una manera de decir “hemos comprendido” o, por lo menos, “sabemos que debemos comprender algo que no habíamos comprendido”. Es una nueva etiqueta sobre la botella, un poco como la camisa nueva que Lenin recomendaba enfundarse. Una nueva etiqueta puede ser útil.

Pero el ecosocialismo es mucho más que una etiqueta. Aunque el concepto este todavía en “construcción”, se puede indicar una serie de puntos en los que se diferencia sustancialmente del socialismo tal como generaciones de militantes lo han concebido, y como nuestra corriente lo ha concebido. El punto de partida es que estabilizar el clima implica otro sistema energético. No solamente otras tecnologías para producir corriente eléctrica, calor o movimiento, sino también otra agricultura, otra racionalidad y otra organización espacial. La construcción de ese sistema nuevo será necesariamente una tarea de largo recorrido, necesitando la destrucción del aparato productivo capitalista. La toma del poder político no es nada más que el punto de partida de ese cambio revolucionario.

La construcción del nuevo sistema energético implica, necesariamente, la descentralización de la producción de corriente – condición necesaria sobre todo para la utilización racional del calor – y la relocalización de una parte de la producción. Descentralización y relocalización son perfectamente compatibles con el proyecto de un socialismo mundial, e indispensable para su autogestión democrática. No obstante, es incontestable que esas dos preocupaciones no surgen espontáneamente de nuestra tradición programática, que insiste, más bien, en la planificación mundial de la producción y de los intercambios.

Otra problemática nueva concierne la importancia del trabajo “vivo”. Nuestro programa concede un lugar importante a la necesidad de invertir en el trabajo “vivo” en los servicios, como los cuidados a las personas, la enseñanza, la salud, etc. Esta problemática no nos es, pues, ajena. Pero, para todos los otros sectores, insistimos en la idea que las maquinas y los robots permitirán liberar al máximo a los productores del trabajo físico. Esta idea debe ser cuestionada, porque los cuidados que hay que tener con los ecosistemas necesitan una inteligencia y una sensibilidad que no puede ser aportada nada más que por el trabajo humano. Esto es particularmente evidente en caso de la agricultura: para “enfriar la tierra” como dice Vía Campesina, hay que reemplazar los “agrobusiness” por una agricultura orgánica campesina o cooperativa.. Esto pasa, necesariamente, por una mayor inversión en trabajo humano (lo que no significa ni la vuelta a la azada ni el fin del progreso, sino otra forma de progreso).

Finalmente, la concepción misma de la naturaleza merece ser reexaminada. En el contexto de la crisis ecológica capitalista. En efecto, el marxismo no puede seguir contentándose de considerar la naturaleza solamente desde el punto de vista de la producción, es decir como un stock de recursos, una plataforma de trabajo y un deposito de deshechos. Debemos aprender a ver la naturaleza también desde el punto de vista de la naturaleza, ella misma, desde el punto de vista de los grandes intercambios de materias y de las condiciones de funcionamiento de los ecosistemas, que determinan, en última instancia, las condiciones de vida de la humanidad. Hay preciosas indicaciones a este respecto en Marx, se trata de aprehenderlas y desarrollarlas.

Sobre todos estos puntos, la resolución no hace nada más que abrir un campo de trabajo teórico sobre el cual la Internacional tendrá que volver. Pero es importante dar señales de vida desde ahora, de mostrar que estamos en movimiento. En Copenhague, en diciembre, una brecha se ha abierto. Por primera vez, una movilización de masas sobre cuestiones medioambientales globales a tomado el carácter de una lucha social contra el sistema en plaza: “Change the system, not the climate”, “Planet not profit”. Este movimiento internacionalista va a amplificarse. Nos ofrece posibilidades considerables. Una tendencia anticapitalista no nos ha esperado para desarrollarse. Debemos reforzarla.

Daniel Tanuro, 25/2/2010

Traducción: J.A. Cacho

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