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Anticapitalistes
  
diumenge 28 de gener de 2018 |
La deuda pública contraída para salvar a los bancos, que en su mayoría se encuentra en las manos de esos mismos mercados, es definitivamente ilegítima y debe ser repudiada.

Eric Toussaint

En los siglos XI-XIV, los banqueros venecianos financiaban las cruzadas y prestaban dinero a los poderosos de Europa, pero de una manera más hábil que la Orden de los Templarios. En Venecia, se apoderaron de la cabeza del Estado dándole la forma de república. Financiaron la transformación de Venecia, ciudad-Estado, en un verdadero imperio que comprendía Chipre, Eubea (Negrepont) y Creta. Adoptaron una estrategia imparable para enriquecerse y garantizar el reembolso de sus créditos: ellos endeudaron al Estado veneciano con sus propios bancos. Ellos mismo definieron los términos de los préstamos, ya que eran propietarios de los bancos y dirigentes del país. El Estado veneciano devolvió hasta la última moneda de aquella deuda.

Por otro lado, estos banqueros tuvieron la idea de crear títulos de la deuda pública que podían circular de un banco a otro. Los mercados financieros comenzaban a ponerse en pie. Este tipo de préstamo es el precursor del sistema de endeudamiento de los países tal y como se conoce hoy. Siete siglos más tarde, los banqueros de Europa, igual que sus predecesores venecianos o genoveses, no tienen por qué sentirse inquietos ante los gobiernos actuales.

Los Estados actuales, y el protoestado de la Unión Europea, son quizás más complejos y sofisticados que las repúblicas de Venecia (o de Génova) de los siglos XIII al XVI, pero son con igual crudeza los órganos de ejercicio del poder de la clase dominante, el 1% opuesto al 99%. Mario Draghi, antiguo responsable de Goldman Sachs en Europa, dirige el Banco Central Europeo. Los banqueros privados han colocado a sus representantes o a sus aliados en puestos clave en los gobiernos y las administraciones.

Desde un punto de vista histórico, el New Deal iniciado por el presidente F. Roosevelt en 1933 y los treinta años que siguieron a la II Guerra Mundial aparecen como un paréntesis durante el cual la clase dominante tuvo que hacer concesiones, ciertamente limitadas, pero reales, a las clases populares. Los grandes patronos tuvieron que disimular un poco su dominio sobre el Estado. Con el giro neoliberal emprendido a finales de los años 70, abandonaron la discreción. La década de los 80 pone en un primer plano una clase dominante completamente desinhibida que asume y proclama con cinismo la carrera por la ganancia y la explotación generalizada de los pueblos y la naturaleza. Como afirmaba el multimillonario americano Warren Buffet, “claro que hay una guerra de clases, y es mi clase la que va ganando”.

El sistema de la deuda pública tal como funciona en el capitalismo constituye un mecanismo permanente de transferencia de riquezas producidas por el pueblo hacia la clase capitalista. Este mecanismo se ha reforzado con la crisis comenzada en 2008. Las pérdidas y las deudas de los bancos privados han sido transformadas en deuda pública.

El oficio de la banca es demasiado serio para dejarlo en manos del sector privado. Es necesario socializar el sector bancario, lo que implica su expropiación y colocarlo bajo control ciudadano. Debe estar sometido a las reglas de un servicio público y sus beneficios utilizados para el bien común.

La deuda pública contraída para salvar a los bancos, que en su mayoría se encuentran en las manos de esos mismos mercados, es definitivamente ilegítima y debe ser repudiada. Una auditoría debe determinar las demás deudas ilegítimas y/o ilegales y permitir una movilización que pueda dar forma a una alternativa anticapitalista.

27/11/2017

elsaltodiario


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