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dilluns 11 de desembre de 2017 | Manuel
100 anys de la Revolució Russa 1917

La repercusión de la revolución rusa en el estado español.

Pelai Pagès

Foto: Agosto 1917, huelga general en España

Cuando a principios de noviembre de 1917 llegaron al estado español las primeras noticias sobre la revolución bolchevique en Rusia, el movimiento obrero se encontraba en la fase de reflexión colectiva que caracteriza el período posterior a un movimiento revolucionario fracasado, como fue la huelga general revolucionaria que había tenido lugar en el mes de agosto.

Y se encontraba también en un momento de reestructuración y reorganización ante los futuros combates que se preparaban. 1918 es un año de Congresos para la Unión General de Trabajadores, para el Partido Socialista Obrero Español y para la Confederación Nacional del Trabajo. Pero es también el año del inicio del llamado "trienio bolchevique" en Andalucía, tres años de continuas revueltas campesinas durante los cuales la revolución rusa se presentaba como un hito y como un espejismo para los campesinos deseosos de tierra.

La crisis social de la posguerra llegaba a España con inusitada fuerza a finales de 1919. Era el momento en que la burguesía industrial -en Cataluña, en Euskadi o en Asturias- empezaba a dejar de acumular los fabulosos beneficios que había permitido la neutralidad de España en la Gran Guerra de 1914. Era, por tanto, el momento de las contenciones salariales y los despidos, que provocaron una respuesta obrera inusitada. De 1919 a 1921 el movimiento obrero catalán -y por extensión el español- vivió una etapa de ascenso, los efectivos de las organizaciones obreras se duplicaron, los logros de las luchas del proletariado -como la huelga general que se vivió en Cataluña en 1919- generaron numerosas expectativas revolucionarias.

Durante estos años el tema de la revolución rusa, con la nueva proyección política e ideológica que presentaba, consiguió toda su amplitud y dimensión en el seno del movimiento obrero español y catalán, en particular. Curiosamente fueron los anarquistas quienes, desde el primer momento, saludaron con entusiasmo el triunfo bolchevique, mientras en las filas socialistas las reticencias y desconfianzas predominaban sobre los entusiasmos. Y fue la CNT, el sindicato anarcosindicalista, que en diciembre de 1919, en el Congreso celebrado en el Teatro de la Comedia de Madrid, se adhirió a la Internacional Comunista, mientras el sindicato y el partido socialista no lo terminaron de hacer nunca.

Como en el resto de Europa, la revolución rusa provocó debates muy agrios y polémicas muy agudas en el seno del movimiento obrero. Dentro del socialismo la aparición de un grupo minoritario, partidario incondicional de la revolución rusa y de las nuevas ideas bolcheviques, no consiguió arrastrar a la mayoría del PSOE hacia sus posiciones y terminó escindiéndose en dos fases –en abril de 1920 las Juventudes Socialistas crearon el Partido Comunista Español y en abril de 1921 los adultos el Partido Comunista Obrero Español- para constituir finalmente el Partido Comunista de España en noviembre de 1921. Dentro del heterogéneo movimiento anarcosindicalista, las entusiásticas expectativas iniciales no acabaron de cuajar y las discrepancias ideológicas de los anarquistas con el ideario bolchevique culminaron en una ruptura de la CNT con la Internacional Comunista: únicamente una pequeña minoría sindicalista -básicamente procedente de Barcelona y de Cataluña- abrazó incondicionalmente la causa de la revolución rusa, pero su incorporación al PCE fue muy tardía.

Por otra parte, el hecho de que el PCE se constituyera cuando la combatividad obrera se encontraba en su fase recesiva explica, en parte, su incapacidad para capitalizar la ola de radicalización sufrida por el movimiento obrero a partir de 1918. Las continuas discrepancias internas del PCE y el arraigo que el socialismo y el anarquismo tenían sobre la clase obrera española y catalana fueron dos factores más que ayudan a explicar el aislamiento que sólo consiguió romper muchos años después, a partir de 1936, un momento, sin embargo, en que tanto Europa, como Rusia, como España, vivían en otra etapa, muy diferente, de su historia.

El eco inicial de la revolución

Desde el primer momento destacó la toma de posición de los sindicalistas y de los anarquistas. La primera valoración publicada en "Solidaridad Obrera", el diario de la CNT, el día 11 de noviembre de 1917, no dejaba lugar a dudas: "La revolución rusa continúa admirablemente su obra. Paso a paso va desenvolviendo su programa, pasando por encima de los intereses creados y atropellando a todos los convencionalistas y liquidando, por la voluntad del pueblo, los compromisos contraídos por el imperio"; los bolcheviques - "los maximalistas" era el concepto usado en la "Soli" - representaban "la voluntad del pueblo" y su decisión de repartir la tierra a quiénes la trabajaban "es todo un poema de libertad, es la aurora de la emancipación económica, por la cual los campesinos rusos tanto suspiraban cuando trabajaban para los grandes duques, y es una decisión que por sí sola hace simpática a la grandiosa revolución rusa".

La revolución rusa -acababa significativamente la editorial de la "Soli"- durará varios años, hasta que el pueblo haya conseguido el máximo de libertad o la libertad absoluta.

Los rusos nos indican el camino a seguir. El pueblo ruso triunfa: aprendamos de su actuación para triunfar a nuestra vez, arrancando a la fuerza lo que se nos niega y lo que se nos detenta”.

En los meses siguientes y en el transcurso de todo el año 1918 la adhesión de los sindicalistas de la CNT a la revolución rusa prosiguió con la misma constancia, y si bien se insistía en la falta de noticias sobre lo que estaba aconteciendo en Rusia, se valoraban como muy positivos los esfuerzos de los rusos a favor de la paz.

Este entusiasmo, que aún era mucho mayor en el caso de la publicación anarquista “Tierra y Libertad”, contrastaba abiertamente con el que manifestó el portavoz del Partido Socialista. El día 10 de noviembre de 1917 “El Socialista” publicaba el primer análisis sobre la revolución rusa, y en un artículo titulado significativamente Sería bien triste... afirmaba que “las noticias que recibimos de Rusia nos producen amargura. Creemos sinceramente, y así lo hemos dicho siempre, que la misión, de momento, de este gran país era poner su fuerza toda en la empresa de aplastar el imperialismo germánico. Han hecho los rusos una magnífica revolución, que recuerda la gloriosa del 89, en Francia. Pero ¿no ha influido en el espíritu de aquellos hombres otro recuerdo también, el de que el pensamiento primero de la democracia francesa triunfante fue llevar las libertades adquiridas a todas las naciones que sufrían la opresión? Algo semejante era lo que a Rusia estaba hoy encomendado: libertar al mundo, juntamente con otras democracias, de la terrible amenaza de los imperios del centro de Europa”.

El contraste entre las dos posturas era tan evidente que cuando en febrero de 1919 los bolcheviques decidieron crear la III Internacional (Internacional Comunista o Komintern), aunque con reticencias y debates abiertos la CNT decidió adherirse de forma provisional a ella en el Congreso que, como ya dijimos, se celebró en el Teatro de la Comedia de Madrid en diciembre de 1919, y envió una delegación para que participase en el II Congreso que la Internacional debía celebrar en julio de 1920. Fue Ángel Pestaña el único que participó en él y enseguida fue consciente de las profundas divergencias que separaban el ideario anarquista de la revolución bolchevique. Sin embargo el informe que elaboró no se conoció hasta mucho después y en 1921 una nueva delegación cenetista –formada por Joaquim Maurín, Andreu Nin, Hilario Arlandis, Jesús Ibáñez y Gastón Leval, la mayoría partidarios de la revolución- asistió en Moscú al Congreso constituyente de la Internacional Sindical Roja y al III Congreso de la III Internacional.

La CNT se mantuvo afiliada a la III Internacional hasta junio de 1922, cuando una Conferencia reunida en Zaragoza decidió finalmente su desvinculación, a partir de los informes negativos que de manera muy tardía había dado a conocer Ángel Pestaña. Sin embargo, aunque minoritario, se había consolidado el grupo sindicalista partidario de la revolución rusa –y dirigido por dos valores en alza, como eran Joaquim Maurín y Andreu Nin, que en estos momentos residía ya en Moscú- y que en diciembre de 1922 constituyó, en una conferencia celebrada en Bilbao, los denominados Comités Sindicalistas Revolucionarios, que se convirtieron en los portavoces de la III Internacional dentro de la CNT. Desde Barcelona el mismo mes de diciembre empezaron a publicar “La Batalla”.

Mientras, como ya hemos señalado, en el seno del PSOE –que definitivamente desistió de adherirse a la Internacional en un Congreso celebrado en el mes de abril de 1921- se habían producido sendas rupturas que provocaron la creación de dos partidos comunistas –el de los jóvenes y el de los adultos- que hasta su unificación, impuesta por la Internacional en noviembre de 1921, se manifestaron claramente incompatibles. Pero su unificación no sirvió para solucionar los conflictos que les habían enfrentado en la etapa anterior y hasta julio de 1923 no hubo una cierta conciliación entre las diversas tendencias, aunque muy pronto se añadió un nuevo problema que provocó que el Partido Comunista en España no consiguiese salir de la marginalidad en que se movía desde sus orígenes: la práctica del terrorismo en su polémica política con el socialismo.
La Dictadura de Primo de Rivera y la aparición del estalinismo

Por otra parte, a partir de 1923 se empezaron a intensificar las relaciones entre el grupo de "La Batalla" -como sería conocido a partir de este momento el grupo sindicalista procedente de la CNT- y el PCE, pero las reticencias que existían entre los sindicalistas hacia el PCE que no había parado de tener divergencias internas y que siempre había descuidado a la CNT, motivaron que, al menos en Cataluña, la afiliación de los miembros de este grupo en el PCE fuera mucho más tardía. De hecho la Federación Comunista Catalano-Balear, el nombre que acabó adoptando, no se organizó hasta el otoño de 1924, cuando la Dictadura militar de Primo de Rivera llevaba ya un año de existencia. Y enseguida a la intensa represión que se abatió contra el Partido y que provocó la cárcel de muchos de sus dirigentes, el exilio de muchos otros y su desestructuración interna, le siguieron las consecuencias derivadas de las pugnas que en Moscú y en la III Internacional siguieron a la muerte de Lenin, a partir de enero de 1924.

Ciertamente, el Partido Comunista Español no se libró de ellas, sobre todo a partir del momento en que, con el apoyo de los nuevos dirigentes de la Internacional, José Bullejos asumió la Secretaria General del PCE, en 1925, e inició una nueva etapa que, como escribió unos años más tarde Joaquim Maurín, estaba caracterizada por el acceso al poder del PCE de “funcionarios erigidos en dirigentes” que transportaron al partido “todos los vicios de la degeneración burocrática”. Era, efectivamente, el inicio de la burocratización del estado y del partido en la URSS, que enseguida se trasladó a los distintos partidos comunistas y que en el caso español sirvió para que se iniciase también una política de expulsiones masivas para solventar las diferencias políticas, una práctica que a partir de estos momentos se convirtió en la fórmula más utilizada para resolver diversidad de opiniones.

Cabe decir, por último, que no fue por casualidad que el grupo comunista catalán, que en su mayoría procedía del anarcosindicalismo, siempre mantuvo una actitud heterodoxa y que al iniciarse la Segunda República, ya en un momento en que en Rusia había consolidado el estalinismo, este sector terminó rompiendo con Moscú y fundando el Bloque Obrero y Campesino y más tarde el Partido Obrero de Unificación Marxista.

29/11/2017

publico

+ Info:

La CNT y la Revolución Rusa. Ignacio de llorens

Agosto 1917: huelga general en España. Miguel Salas


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