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dissabte 11 de novembre de 2017 | Manuel
100 anys de la Revolució Russa 1917

Kronstadt tuvo antecedentes

Rolando Astarita

En una nota anterior señalé que Paul Avrich (en Kronstadt 1921) presenta significativa evidencia de que los marineros de Kronstadt pedían elecciones libres en los soviets. Pero no se trató solo de Kronstadt, ya que la sublevación tuvo como antecedente inmediato las movilizaciones obreras ocurridas en Moscú y Petrogrado entre enero y febrero de 1921.

Movilizaciones obreras en Moscú y Petrogrado

Según Avrich, el primer disturbio serio se produjo en Moscú, a mediados de febrero. El detonante fue el anuncio del gobierno de que se reducía en un tercio la ración de pan acordada para las ciudades. Era una medida obligada porque grandes nevadas y la escasez de petróleo habían detenido los trenes que aprovisionaban a las ciudades. Pero los padecimientos eran inmensos, y estalló la protesta. El movimiento comenzó con reuniones espontáneas en las fábricas, en las que se exigió el fin del Comunismo de Guerra y un sistema “de trabajo libre”. Le siguieron manifestaciones que pedían el “libre comercio”, mayores raciones y acabar con las requisas de cereal. Algunos manifestantes también reclamaron la restauración de los derechos políticos, y hasta hubo pancartas pidiendo la Asamblea Constituyente. Las autoridades restablecieron el orden apelando a tropas regulares y a los cadetes de la escuela militar.

Pero la oleada se extendió a Petrogrado. La ciudad estaba al borde del hambre, había carencia de ropa de abrigo y calzado, y de combustible para calentar los hogares. La situación era tan grave que a comienzos de febrero de 1921 más del 60% de las fábricas tuvieron que cerrar por falta de petróleo. La protesta comenzó con reuniones en las fábricas y talleres. Los oradores exigían que se terminaran las requisas de granos, que se suspendieran las inspecciones campesinas, se abolieran las raciones privilegiadas (que iban a funcionarios) y se permitiera el trueque de posesiones personales por alimentos. El 24 de febrero los obreros de la fábrica Trubochny abandonaron el trabajo y convocaron a una manifestación que rápidamente reunió unas 2000 personas, provenientes de fábricas cercanas y estudiantes del Instituto de Minería. Al día siguiente el movimiento ganó fuerza. Las autoridades entonces respondieron con el toque de queda a partir de las once de la noche y la prohibición de las manifestaciones callejeras. Los bolcheviques pedían a los obreros “que no hicieran el juego a la contrarrevolución” (Avrich, p. 45). Sin embargo, el movimiento siguió difundiéndose “y una fábrica tras otra se vieron obligadas a suspender su funcionamiento” (p. 47). A esa altura “las quejas políticas habían comenzado a ocupar un lugar prominente en el movimiento huelguístico. Entre otras cosas, los trabajadores deseaban que los destacamentos especiales bolcheviques armados, que cumplían una función puramente policial, fueran retirados de las fábricas, así como pedían también que se licenciaran los ejércitos de trabajo… En un nivel más fundamental, se volvieron más insistentes y generales los requerimientos de restauración de derechos políticos y civiles…” (pp. 47-8).

Influencia menchevique

El 27 de febrero aparecieron panfletos sin firma, pero de inconfundible sello menchevique. Exigían “la liberación de todos los trabajadores socialistas y no partidarios arrestados; la abolición de la ley marcial; la libertad de expresión, prensa y reunión para todos los trabajadores; elecciones libres de comités de fábrica, sindicatos y soviets” (citado por Avrich, p. 48; énfasis agregado). Con esto se demandaba el cumplimiento de la constitución vigente, según la cual todos los partidos socialistas que reconocían la autoridad del soviet debían tener su lugar en el sistema. Escribe Avrich: “En consonancia con su rol de oposición legal, que habían desempeñado desde 1917, los mencheviques evitaron toda exhortación a derrocar al gobierno por la fuerza de las armas. Más bien… pedían a los trabajadores de Petrogrado que celebraran asambleas, aprobaran resoluciones y peticionaran a las autoridades…” (p. 49). Era un programa distinto al de los socialistas revolucionarios, quienes apostaban a un levantamiento masivo que desalojara a los bolcheviques del poder, y restableciera la Asamblea Constituyente. Tengamos presente que el octavo Congreso de Soviets de toda Rusia, en diciembre de 1920, solo admitió algunos delegados mencheviques y socialistas revolucionarios, y de algunos grupos menores, pero sin derecho a voto (Carr, p. 193). Sería la última participación de delegados de partidos de izquierda, por fuera del partido Comunista.

Avrich también afirma que en 1921 los mencheviques habían recuperado buena parte del apoyo de la clase obrera que perdieran en 1917. “Los agitadores mencheviques eran oídos con simpatía en las asambleas de obreros y los panfletos y manifiestos que producían pasaban por muchas manos, que los recibían con avidez” (p. 50). Todo indica que el movimiento espontáneo de los trabajadores de Petrogrado encontraba expresión en esas demandas.

La recuperación del partido menchevique entre la clase obrera también es señalada por Marcel Liebman, un autor que simpatiza con las posturas leninistas. Explica que a partir de 1919 los mencheviques reaparecieron en los soviets, desplegando una oposición en tres direcciones: la defensa de “la legalidad soviética”; la reivindicación de la liberalización económica; y el restablecimiento de la independencia sindical y los derechos de la clase obrera. Liebman anota que ya en el Congreso de los soviets en diciembre de 1919 la intervención de Martov “tuvo eco entre ciertos comunistas” (p. 64). En 1920 los mencheviques obtuvieron 46 mandatos al soviet de Moscú, 205 al de Kharkov, 120 en Iekaterinoslav, 50 en Toula. Sus publicaciones y oradores denunciaban que la fórmula “todo el poder a los soviets” significaba en la práctica “todo el poder a los bolcheviques”, y manifestaban su deseo de que los soviets “tuvieran realmente todo el poder, en lugar de sostener a la burocracia bolchevique” (p. 65). Y en el mismo sentido que Avrich, Leibman señala el “rol importante” que desempeñaron los mencheviques “en la agitación y ola de huelgas que se produjeron en febrero de 1921 en Petrogrado” (p. 66). Es de notar, sin embargo, que los mencheviques defendían una línea de oposición dentro de la legalidad soviética. Es posible que esta orientación también les haya ganado apoyo en sectores de la clase obrera. Incluso cuando se produjo la sublevación de Kronstadt, los mencheviques se negaron a aprobarla (Liebman, p. 72).

Fin del movimiento y sus repercusiones

En cuanto al movimiento huelguístico de Petrogrado, el gobierno terminó apelando a la represión para sofocarlo. Avrich señala que las unidades militares que se consideraban poco seguras fueron desarmadas y confinadas a sus cuarteles. Las autoridades movilizaron a los cadetes de la escuela de oficiales comunistas, que comenzaron a patrullar las calles. En los barrios se detenía a los peatones y se examinaban sus documentos. Se cerraron teatros y restaurantes. Muchos huelguistas fueron despedidos de sus fábricas. Además, la Cheka realizó gran cantidad de arrestos. “Se encarcelaba a los oradores que criticaban al régimen en las asambleas de fábrica y en las manifestaciones callejeras”. Unos 500 obreros y funcionarios sindicales habrían terminado en la cárcel. También “cayeron en las redadas millares de estudiantes, intelectuales y otras personas que no eran obreros, muchos de los cuales pertenecían a partidos y grupos de oposición” (Avrich, p, 52). La organización menchevique de Petrogrado fue particularmente afectada. “… se ha estimado que durante los primeros tres meses de 1921 fueron arrestados unos 5000 mencheviques, incluido el Comité Central del partido” (ibid.).

Paralelamente los agitadores bolcheviques atribuían las huelgas a conspiraciones contrarrevolucionarias de los Guardias Blancos y sus aliados mencheviques y socialistas revolucionarios. Y el gobierno dio algunas concesiones: se distribuyeron raciones extra a los soldados y obreros fabriles, se trajeron abastecimientos adicionales; también se permitió salir de la ciudad para abastecerse de comida; y se informó que se estaban elaborando planes para terminar con las requisas compulsivas de grano. Estas concesiones aliviaron la tensión y en los primeros días de marzo los obreros volvieron a las fábricas. El hambre y el frío, además de la carencia de un programa coherente, la represión y el temor de que los contrarrevolucionarios blancos aprovecharan la situación, debilitaron las protestas.

Pero los movimientos de Moscú y Petrogrado fueron importantes y constituyeron el preámbulo de Kronstadt. Liebman escribe: “Las grandes huelgas que se habían desarrollado en Petrogrado a fines del mes de febrero –y un poco antes en el mismo Moscú- mostraban que los obreros de la industria no estaban al abrigo de la agitación” (p. 71). Dice Avrich: “…las huelgas de Petrogrado estaban destinadas a una breve existencia. En verdad, terminaron casi tan repentinamente como habían comenzado, sin haber alcanzado nunca el punto de la revuelta armada contra el régimen. Sin embargo, sus consecuencias fueron inmensas. Al excitar a los marineros de la cercana Kronstadt, muy atentos a los desarrollos insurreccionales de la vieja capital, dieron marco a lo que fue, en muchos aspectos, la más seria rebelión en la historia soviética” (p. 55). También Carr: “El final de la guerra civil reveló el alcance total de las pérdidas y de la destrucción que tenía por consecuencia, y soltó los frenos que la lealtad ordinariamente impone en la guerra; el descontento con el régimen se extendió por vez primera fuera de los círculos políticos y se expresó en alta voz, alcanzando hasta a los campesinos y a los obreros de las fábricas. La sublevación del Kronstadt… fue expresión y símbolo de esta situación” (p. 193).

Por último, señalemos que a pesar de su importancia, los stalinistas y trotskistas que escriben sobre Kronstadt acostumbran pasar por alto las huelgas y manifestaciones obreras de Moscú y Petrogrado de enero y febrero de 1921. Sin embargo, el ocultamiento del hecho histórico no puede borrar el problema que plantea una demanda como “elección libre en los soviets”. Expresado en forma de pregunta, ¿la democracia soviética es válida solo si está garantizado el triunfo de “el” Partido Revolucionario?

Textos citados:

Avrich, P. (s/fecha): Kronstadt 1921, Buenos Aires, Utopía Libertaria.
Carr, E. H. (1973): La revolución bolchevique (1917-1923), Madrid, Alianza Editorial.
Liebman, M. (1973): Le léninisme sous Lénine. 2. L’épreuve du pouvoir, París, Seuil.

10/11/2017

rolandoastarita

+ Info:

Kronstadt 1921. Paul Avrich

Alfred Rosmer: La sublevación de Kronstadt. Pepe Gutiérrez-Álvarez

La clase obrera necesita crear su propia democracia. Paul D’Amato / John Reed / Piotr Kropotkin


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