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dimarts 7 de novembre de 2017 | Manuel
Sobre Mónica Oltra y demás equidistantes

Enric Gil Muñoz

Aclaración previa: La preparación de este artículo ha coincidido en el tiempo con el acoso a Mónica Oltra en su domicilio por parte de la formación fascista España 2000. Para que no quede ningún margen de duda al respeto, antes que nada quiero mostrar mi solidaridad con la vicepresidenta del gobierno valenciano y con todas las personas que han sido víctimas de la violencia estatal y fascista durante estas semanas, partiendo del supuesto de que la solidaridad puede y tiene que ser compatible con la crítica política constructiva.

En relación a todo lo que está a pasando en Catalunya en los últimos tiempos, existe una opinión bastante extendida entre sectores auto-considerados progresistas basada en la equidistancia. Una equidistancia consistente en valorar de manera igualmente negativa tanto a Rajoy y a la derecha española, como a Puigdemont y a la derecha catalana.

Un paradigma muy claro de este planteamiento lo representa Mónica Oltra. En un artículo publicado en Ctxt titulado “Lo que está en juego”, la vicepresidenta del gobierno valenciano lo expresa muy claramente. Después de haber explicado, de una manera bastante tendenciosa, que a continuación comentaré, que las aspiraciones de la sociedad española y catalana no son tan diferentes, Oltra dice: “Rajoy y Puidemont no son precisamente los que quieren construir un país sin injusticias, que acabe con la corrupción y los corruptos, que rescate a las personas, que garantice derechos, que amplíe democracia. Han demostrado en cada ocasión que han tenido que están en el mismo bando: cuando votaron juntos la reforma laboral contra la gente trabajadora o la amnistía fiscal de los poderosos defraudadores, a favor de los suyos. Es más, mientras sigan enarbolando banderas cada vez más grandes, más tela tendrán para taparse las miserias y las vergüenzas. Y así estamos, en una escalada de testosterona al mismo ritmo que el tamaño de las banderas que se van colgando de los edificios privados y públicos. De tamaños anda la cosa.

Conviene ahora denunciar la primera y gran falacia de Oltra y del resto de progresistas equidistantes: que Rajoy y Puigdemont, representantes de la derecha españolista y catalanista respectivamente, se asemejen en algunas cosas no quiere decir que se asemejen en todo. Sí, es verdad que la derecha representada por la antigua CiU es también neoliberal, ha tenido graves casos de corrupción y no tiene demasiada conciencia de los problemas ecológicos. Ahora bien, esto no nos tiene que impedir constatar la existencia de unas diferencias entre una derecha y la otra que no tendrían que dejar indiferentes a ninguna persona que se considere, no ya progresista o de izquierdas, sino sencillamente demócrata:

1. No se puede valorar del mismo modo la actitud dialogante que siempre ha mantenido el gobierno de la Generalitat de Catalunya y el autoritarismo y la complicidad con el fascismo del gobierno español. El objetivo político que defiende Puigdemont (el derecho a decidir su futuro del pueblo catalán) y los medios para conseguirlo (el diálogo y el pacto, así como la protesta pacífica) son incuestionables desde un punto de vista democrático. Por el contrario, por el lado de la derecha españolista, el objetivo es impedir que un determinado conjunto de ciudadanos puedan escoger libremente en qué tipo de estado quieren vivir, y los medios para conseguirlo son la represión y la complicidad con el fascismo (aquí), con lo cual el resultado no puede ser otro que graves violaciones de derechos humanos fundamentales (tal y como denuncia, entre otras organizaciones, Amnistía Internacional (aquí).

2. Pero, más allá de la coyuntura política más estrictamente actual, existen dos razones de tipo estructural que hacen de la derecha catalanista una derecha diferente a la españolista, sobre todo para los valencianos. La primera de ellas es que la derecha catalanista no irá nunca en contra de la lengua y de la cultura catalana, lo cual quiere decir que es mucho más respetuosa con los derechos lingüísticos y culturales (que también son derechos humanos, cosa que olvidan muchos izquierdistas incapaces de ver nada que vaya más allá de la explotación económica capitalista) que la derecha españolista, que no lo es en absoluto. Es más: el PP es un partido esencialmente anti-catalanista, como muy bien sabemos todas las que vivimos en el País Valenciano.

3. La otra razón estructural que hace diferente la derecha catalanista a la españolista es su defensa de la soberanía fiscal catalana frente a la expoliación por parte del estado español 4/. Ciertamente, la creación de una Catalunya independiente no implica por ella misma la creación de una Catalunya con más justicia social, pero el hecho de poder decidir sobre los propios impuestos y recursos, y de no ser expoliado, es condición de posibilidad para poder llevar a cabo políticas públicas encaminadas a reducir las desigualdades sociales. Esto también lo sabemos los valencianos, que pertenecemos a la única comunidad autónoma española más pobre que la media estatal que, aun así, paga más al estado de lo que recibe de él.

No obstante, la comparación entre Rajoy y Puigdemont no es la única que realiza Oltra en su artículo: también compara la respuesta a la crisis política y económica de los últimos años de la sociedad española y de la catalana. Antes hemos apuntado que lo hace de manera tendenciosa, y ahora explicaremos por qué. Cuando se refiere a la sociedad española, hace referencia a protestas de marcado contenido social como el 15M, los movimientos contra los desahucios, asambleas de barrio… Por el contrario, si bien acaba por reconocer que “Las aspiraciones, pues, no parecen tan distintas”, también había dicho antes que en Catalunya “esa pulsión de cambio no se canalizó a través de esta lógica o, al menos, no de manera fundamental. Se canalizó a través de la aspiración a construir un país nuevo…”, dando a entender que la “lógica social” del independentismo catalán era de menor intensidad que la de los movimientos sociales y partidos políticos que combatían el Régimen del 78 y la crisis económica en el estado español.

En este punto Oltra repite el tópico de la izquierda españolista según el cual el independentismo catalán no es más que una maniobra de la burguesía catalana para ocultar los conflictos de clase social o la corrupción, obviando datos como los siguientes:

1. Que también hay partidos independentistas de izquierdas (ERC, CUP)

2. Que la candidatura de Junts pel si no equivale a la antigua CiU (puesto que se trata de una coalición electoral excepcional pensada para un momento político excepcional, que incluye formaciones de izquierdas como ERC, así como a independientes).

3. El papel motor de la sociedad civil catalana a la hora de impulsar el proceso soberanista y de obligar a las formaciones políticas a definirse claramente al respecto.

4. El cambio de sede social de muchas grandes empresas catalanas ante la incertidumbre generada y como medida de presión contra el independentismo.

5. Las diversas leyes de marcado contenido social elaboradas por el parlamento catalán y tumbadas por el Tribunal Constitunal español (aquí).

Pero la tendenciosidad de Oltra no acaba aquí. Cuando describe las aspiraciones independentistas, lo hace con un lenguaje que caracteriza el independentismo como un movimiento iluso que cree acríticamente que, con la independencia, se solucionarían todos los problemas: tal y como lo ve Oltra, la independencia “es una reivindicación épica y emocionalmente muy potente. Es más cinematográfico independizarse de un territorio que de la banca 6/. Es más eficaz agitar banderas reconocibles que inventar nuevos colores. Puede resultar ilusionante pensar que vas a poder construir un país desde el principio, sin injusticias, sin desigualdades, sin corrupción, sin abuso de poder, sin machismo, sin yugos y, a ser posible, sin flechas. Todo lo que siempre soñamos a tiro, simplemente, de una DUI”. Otra vez, Oltra confunde la parte por el todo: que la independencia, por ella misma, no lo solucione todo, no significa que no pueda solucionar algunas cosas. No hace falta ser futurólogo para pensar que los derechos lingüísticos y culturales de las personas catalanohablantes estarían mucho más protegidos en una Catalunya independiente (o en unos Países Catalanes independientes) que en España. También el problema del expolio fiscal y de las discriminaciones territoriales en cuanto a inversiones del estado desaparecería con la independencia de Catalunya (y de los Países Catalanes).

Y en relación con lo que acabamos de decir, también se le podría replicar a Oltra: ¿quiénes son más ilusos, quienes creen que la independencia mejoraría las cosas o quienes creen, como la líder de Compromís, que es posible reformar España en un sentido progresista? El fundamentalismo constitucional representado no únicamente por el PP, sino también por Cs y por su aliado de gobierno en el País Valenciano, el PSOE, constituye un obstáculo muy importante a la hora de acabar con el Régimen del 78, no únicamente porque haría falta una mayoría electoral absolutísima de Unidos Podemos y de sus confluencias (cosa poco creíble, cuando menos a corto plazo), sino porque también en el seno de la izquierda española continúa teniendo mucho peso un nacionalismo español supremacista que contribuye a legitimar este fundamentalismo (o al menos a no combatirlo con la contundencia que haría falta 7/.

Es necesario no olvidar que es este fundamentalismo constitucional asumido también por el PSOE el que ha impedido que en España se formara un gobierno de centro-izquierda a la portuguesa o a la valenciana, que desalojara del poder al partido más corrupto de Europa y que iniciara las políticas sociales que tanto le gustan a la vicepresidenta valenciana. El PSOE no únicamente antepuso la unidad de España a la decencia democrática y a la justicia social (negándose a pactar un referéndum con las fuerzas independentistas, tal y como quería Unidos Podemos), sino que en estos momentos está apoyando de manera incondicional la política represiva del PP: como manifestaba de manera sarcástica un medio humorístico en las redes sociales, a los socialistas españoles sólo los falta trasladar su sede a la calle Génova.

Tal y como decía el lema electoral de Compromís en las autonómicas del 2015, para impulsar cambios políticos reales se requiere valentía. Una valentía que es incompatible con el tacticismo equidistante que busca no molestar a los nacionalistas españoles situando a Rajoy y a Puigdemont, a la derecha españolista y a la catalanista, en el mismo saco. Pero si lo que busca Oltra con este tacticismo equidistante es que no la relacionan de ninguna forma con el chivo expiatorio de la derecha valenciana, los catalanistas, para no perder votos, tendría que reconocer que esta táctica no es muy efectiva. Por muy equidistante que quiera ser, y por mucho que se pongo de perfil, para la derecha ella siempre será también una “catalanista”: los insultos que recibió en la procesión cívica del 9 de octubre (aquí) y el intolerable acoso que sufrió en su propio domicilio (aquí) así lo demuestran. Así pues, ¿por qué no ser valientes de verdad y plantear abiertamente si no nos convendría más a las valencianas y valencianos independizarnos junto con los catalanes, que no empeñarnos en reformar un estado todavía franquista? ¿Por qué darle la razón a la derecha actuando cómo si ser independentista o catalanista fuera algo malo? ¿Qué ganamos con esto? ¿Cuándo han servido las renuncias y las ambigüedades de la izquierda para civilizar a la derecha franquista? Nunca: más bien al contrario. Ya sería hora de dejar de practicar una equidistancia que lo único que hace es dar alas a los enemigos de la democracia y de los derechos humanos.

Notas

4/ En este sentido es muy interesante, entre otros, el libro de Albert Pont Interés d’Estat (aquí)

6/ Por cierto, cuando el Banc Sabadell anunció que cambiaba su sede social a Alicante, destacados miembros de su partido, como Manuel Alcaraz, así como la web de Compromís Alicante, mostraron su alegría por este hecho: ¡no todo el mundo en su partido comparte la necesidad de independizarse de la banca!

7/ Un ejemplo de ello son las declaraciones recientes de Carolina Bescansa o de Alberto Garzón (aquí), así como aquí.

7/11/2017

vientosur


Mónica Oltra i el referèndum de l’1 d’octubre.

David Garrido

A Compromís la ideologia grinyola. Diu la dita popular, treta de l’Evangeli de sant Mateu, que qui a dos senyors vol servir, a un o l’altre ha de fallir. Efectivament, és incompatible ―demostrat històricament― la defensa de la identitat i el país dels valencians amb l’acceptació del sistema de representació ideològic bastit pels espanyols als segles XVIII i XIX i que amb restauracions borbòniques, repúbliques i franquisme ha arribat ―el patim― fins avui. Compromís, donem per sentat, defensa el dret d’autodeterminació, dret democràtic, de justícia i reconegut internacionalment, aplicable a totes les nacions que per diferents vicissituds històriques o no s’han pogut constituir en estat o bé n’han estat privades, com és el cas de la nació a la qual pertanyem els valencians.

Sí, els valencians vam ser privats del nostre estat. El teníem, el nostre Regne orgullós, agermanat amb l’estat dels catalans estrictes, el Principat, i amb el regne insular de Mallorques. El teníem, sí, i per dret de conquesta ―de conquesta!― ens el van arrabassar amb violència, i molta. Qui? Els antecessors dels Rajoy, Zapatero, Aznar, González i companyia. A Felip V, en veritat, li tenia igual col que bleda, a ell ―un Borbó― li anava la música, el luxe i poca cosa més, però no als seus ministres castellans, que ens pretenien annexionats. D’aleshores ençà, sense estat que ens empare, patim la imposició d’un sistema de representacions hegemònic ―la ideologia― d’un estat aliè, estranger, entossudit en assimilar-nos. Aquesta, a gran trets, és la realitat que dia a dia vivim si optem, és clar!, per viure com a valencians que volem viure «a la valenciana», a la valenciana de debò, no a la manera de proclama submisa a partits que manen des de la Meseta ibèrica.

Els valencians tenim pàtria? I tant que sí! Ara bé: per a la Sra. Oltra, vicepresidenta del nostre govern regional autòcton, de Compromís, la pàtria és un ens vacu de sentit, prescindible, com la «ò» oberta del seu nom. Ella el prefereix, el nom, a la castellana i olé, i no s’està de vindicar-lo pomposament en roda de premsa institucional, amb la qual cosa, inconscientment, ensenya les vergonyes ideològiques que l’atribolen: no ser, com diria el castís ―valencià!―, ni carn ni peix. En la multitud de declaracions que fa no s’albira la concepció de pàtria ―o adscripció nacional― de bona part dels militants i votants de Compromís: m’equivoque? I és que Compromís, tanmateix, es reivindica com a força política valencianista i hereva del valencianisme històric. Valencianista? Llavors la pàtria és... Diguem-ne que va més enllà de la percepció esbiaixada de la Sra. Oltra i abraça un col·lectiu de persones amb unes peculiaritats que no són, òbviament, les dels habitants de Madrid, Sevilla, Albacete o Logronyo. Això ―és de sentit comú― hauria d’estar perfectament visibilitat en les formes i el capteniment de la lideressa, o el líder arribat el cas, d’una força política que se’n diu valencianista i que per això, òbviament, s’hauria de situar al marge de l’hegemonia ideològica ―la pàtria Espanya― que representen els senyors Mariano Rajoy, Pedro Sánchez i també, a la seua manera, Pablo Iglesias.

El problema ―atenció!― és gros; amenaça les esperances posades en una formació política que crèiem valencianista i que practica obsessivament l’ambigüitat suïcida, fins al punt que desterra l’expressió País ―l’Oltra sempre diu «Comunitat»― i s’abilla del blaverisme més tronat, que ni el Camps en la cèlebre clàusula, per a negar qualsevol millora en l’autogovern o el finançament del Principat; fins i tot en unes declaracions desafortunadíssimes, com a vicepresidenta de la Generalitat Valenciana, va demanar la rendició incondicional (desconvocar el referèndum d’autodeterminació) de la Generalitat de Catalunya, com ho faria el carca més carca de l’Espanya carca; i tot això mentre l’Estat espanyol escopia repressió contra el govern dels nostres ―els nostres!― connacionals de més enllà de Vinaròs.

Els valencianistes, però, no podem mantenir-nos equidistants als esdeveniments del Principat, és impossible. Precisament el nostre valencianisme existeix perquè encara hi ha valencians, ideològicament valencians, que aspirem a recobrar allò que Espanya ens arrabassà: la nostra llibertat nacional. I com el general Joan Baptista Basset i els regiments valencians que van defensar Barcelona el 1714 (aquesta memòria històrica no li agrada als espanyols, ni als de dreta ni als d’esquerra), l’1 d’octubre vinent hi haurà valencians que seran a Barcelona, Girona, Manresa, Tarragona, Lleida, Alcanar, Tortosa i a tants altres llocs del Principat, col·laborant en la defensa de la democràcia, de la llibertat. I esperem ―a la Sra. Oltra, però, no li agradarà― recuperar algun dia els valencians la dignitat perduda; si més no, per començar, tenir aviat, amb l’ajut de la democràcia, un govern autòcton que represente la valencianitat no pervertida d’espanyolisme aculturitzador; un govern digne que, si el votem els valencianistes, el volem honradament valencià, no de titelles que frisen per obtenir càrrec i prebenda dels seus amos de la Villa y Corte, no de freaks arribistes amb discurs de samarreta i llenguatge paupèrrim de «ó» tancada. El valencià ―hauria de saber-ho la Sra. Oltra― té set vocals.

Imaginem, reconeixem i suportem els discursos de PP, de PSOE, de Ciudadanos, de l’esquerra sucursalista que ens situa com a apèndix de Múrcia i Castella-la Manxa. No concebem, però, una dirigent de Compromís insultant-nos a tort i a dret denominant-nos «Comunitat», menystenint el valencianisme, amagant-lo, fent gala de la més absoluta insipiència en el coneixement del País. Ras i curt, això és l’oltrisme: una manera de ser, de fer, d’actuar, contra el valencianisme, «a cuyo fin dará las providencias más templadas y disimuladas para que se consiga el efecto sin que se note el cuidado» (així actuaven els borbònics en 1712). No pot ser possible, no hauria de ser possible, però... Vegeu: ben inserit a la Generalitat està.

29.09.2017

+ Info:

Oltra titlla de deriva recentralitzadora els recursos contra les lleis d’habitatge i pobresa energètica. La vice-presidenta de la Generalitat Valenciana diu que ’sembla que algú sense guanyar les eleccions vol governar’


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