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dijous 4 de març de 2004 | Eric Toussaint
Enron y cía.: la debacle de la nueva economía “made in USA”


Enron y cía.: la debacle de la nueva economía “made in USA”

Eric Toussaint *

Traducción: Miguel Angel Djanikian


* Eric Toussaint, historiador y politólogo, presidente del CADTM (Comité por la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo), miembro del Consejo Internacional del Foro Social Mundial y del Consejo científico de ATTAC Francia, autor de La bolsa o la vida. Las finanzas contra los pueblos (2003).

Mas información: www.cadtm.org


Introducción

Veinte años de desreglamentación y de apertura de los mercados a escala mundial suprimieron las vallas de seguridad que hubieran podido limitar los efectos en cascada de las crisis que atravesaron la Enron y cía. El conjunto de las empresas capitalistas de la Tríada y de los mercados emergentes evolucionaron, ciertamente con sus particularidades, en el mismo sentido que en los Estados Unidos. Las instituciones privadas bancarias y financieras, así como las empresas de seguros del planeta, se encuentran en mala posición: adoptaron prácticas cada vez más aventureras. Todos los grandes grupos industriales conocieron una financiarización pronunciada y por ende se han vuelto muy vulnerables. Enron, Worldcom, Global Crossing, Vivendi Universal, Ahold, Parmalat,... la sucesión de escándalos mostró la vacuidad de las afirmaciones de los dirigentes de los Estados Unidos y de sus laudatorios en los cuatro puntos cardinales. Es tiempo de pensar en otro sistema, tanto en los Estados Unidos como en otras partes.

Desde fines de los ‘90 hasta el 2001, el funcionamiento del capitalismo de los Estados Unidos había sido erigido como modelo. Los presidentes de los Estados Unidos y de la Reserva Federal no dudaban al hablar del genio de los Estados Unidos. En Europa, la mayor parte de los periodistas y de los responsables políticos (incluidos los socialistas o laboristas) les hacían el juego.

Este modelo, que fue impulsado por los gobiernos de todos los colores políticos y la Comisión Europea, se extendió progresivamente a la gestión de las empresas multinacionales “europeas” (Vivendi, Vodafone, Arcelor). Las críticas más corrientes que se escuchaban en la época decían que no se iba lo suficientemente rápido en la aplicación de dicho modelo. En Francia, el gobierno de Jospin, o mejor dicho el gobierno de la llamada "izquierda plural", hizo que la Asamblea Nacional adoptara (2 de mayo del 2001) una ley sobre las “nuevas regulaciones económicas” directamente inspirada en el modelo norteamericano aún en vigencia en aquella época.

Lejos de apreciar el carácter no reproductible y artificial del crecimiento sostenido de los Estados Unidos entre 1995 y el 2000 (la burbuja financiera en formación, la inflación del crédito y el enorme flujo de capitales europeos y japoneses a los Estados Unidos), los candidatos imitadores de todas partes del mundo estaban obnubilados por la “corporate governance” y por el “gobierno de empresa”, que según aquellos permitirían valorizar lo máximo posible los intereses de los accionistas devenidos en su mayoría “zinzins” (inversores institucionales: fondos de pensión seguros, bancos de negocios). Al adoptar el “gobierno de empresa” querían resolver la contradicción entre los intereses de los accionistas y los de los managers. En efecto, según los partidarios del “gobierno de empresa”, los managers buscan acrecentar su poder y su remuneración beneficiándose de las informaciones privilegiadas de las que disponen en razón de su función en la empresa.

El “gobierno de empresa” tiene particularmente el objetivo de impedir esto, o sea, trata de reducir las “asimetrías de información” entre managers y accionistas. Trata de obligar a los managers a abastecer regularmente a los accionistas vía informes trimestrales. El “gobierno de empresa” trata de incitar a los managers a gestionar las empresas en interés de los accionistas haciendo todo lo posible para que aumente el valor de las acciones. A fin de lograr este objetivo, la remuneración de los managers se establece (en principio) en función de los resultados de la empresa. Una de las principales técnicas utilizadas es el sistema de las stock-options, modo de remuneración de los directivos y de los cuadros de la empresa que consiste en darles la posibilidad de adquirir acciones de la misma (opción de compra) a un precio inferior al de la Bolsa, así como el de revenderlas en el futuro cuando éstas hayan aumentado (luego veremos a qué dio lugar esto en el caso Enron). Las stock-options incitarían entonces a los directores y cuadros superiores de la empresa a tomar decisiones conforme a los intereses de los accionistas: obtener un aumento del valor de las acciones en la Bolsa así como dividendos crecientes. Lo que fue presentado como un nuevo capitalismo terminó en un lamentable fiasco desde el punto de vista capitalista y en un drama social para los asalariados. A partir de 2001-2002, tanto las quiebras monumentales como los escándalos sucesivos sirvieron para mostrar las prácticas delictivas sistemáticas a la vez que nos recordaron el final de los años ‘20 y la crisis de los años ‘30.

Esta sucesión de escándalos durante 2001-2002 fue precedida por el desarrollo de una burbuja financiera a escala internacional que va desde 1998 al 2000 (en particular en Norteamérica y en Europa): el curso de las acciones en la Bolsa y el volumen de la capitalización bursátil aumentaron de manera impresionante.

La burbuja en expansión produjo un delirio de fusiones/adquisiciones sin una verdadera viabilidad, así como una ola de inversiones masivas (en particular en las telecomunicaciones y la informática) sin ninguna relación con las posibilidades reales de dichas empresas. La burbuja financiera escondía un fenómeno completamente inquietante para los capitalistas: una caída importante de la tasa de beneficio de las empresas a partir de 1997-1998 (Robert Brenner, 2002). Con la euforia de los mercados exuberantes, los “zinzins” no quisieron ver el carácter completamente especulativo y desproporcionado del aumento de los valores bursátiles de las empresas, entre las cuales algunas ni siquiera percibían beneficios (fue el caso de numerosas “start-up”).

En la carrera frenética de aumento de las cotizaciones en la Bolsa, los managers, a sabiendas de los accionistas, endeudaron muy fuertemente a las empresas. Este endeudamiento de las empresas permitía adquirir otras empresas del mismo sector (para las empresa, uno de los objetivos de las adquisiciones era el de alcanzar el mayor tamaño posible a fin de evitar que ésta fuera comprada por otras). El endeudamiento perseguía un segundo objetivo: las empresas se endeudaban para comprar sus propias acciones en la Bolsa a fin de poder mantenerse en carrera. En Francia, la ley autoriza a una empresa a comprar hasta el 10% de sus acciones cada año: multinacionales como Danone o Peugeot no se privan de esto. El endeudamiento de las empresas en los Estados Unidos progresó de manera formidable hacia fines de los ‘90 (también el de los hogares, lo que permitió mantener un nivel de consumo elevado). La exuberancia bursátil, el endeudamiento masivo de sus empresas y el frenesí de las recompras y las fusiones, el nivel elevado de la inversión en ciertos sectores para aumentar las capacidades de producción, la propensión de los hogares a aumentar el consumo recurriendo cada vez más al crédito, todo eso fue lo que produjo el llamado “efecto riqueza”. Numerosos comentadores laudatorios del capitalismo mistificaban todo hablando de la “nueva economía”.

Cuando aparecieron los signos de la implosión de la burbuja financiera y la carrera de la Bolsa bajó, a partir del segundo semestre del 2000, los directivos de las empresas trucaron sus cuentas a fin de presentar simulacros de beneficios y convencer a los mercados de continuar comprando sus acciones. Aumentaron una vez más el endeudamiento de “su” empresa con el objeto de comprar más acciones para sostener la carrera bursátil. Ciertas empresas inflaron todo y sus cifras de negocios para hacer creer que su crecimiento continuaba. Frente a estos enormes trucos, las autoridades monetarias de los Estados Unidos -Alain Greenspan, presidente de la Reserva Federal, y Larry Summers y luego Paul O’Neill1, que se sucedieron en la Secretaria de Estado del Tesoro- adoptaron una posición de Tartufo, haciéndose pasar por quienes ignoraban lo que se estaba llevando a cabo a la vez que seguían profesando una confianza a toda prueba respecto de la genialidad de los mercados. Sin embargo, las prácticas de los directivos de empresas como Enron eran bien conocidas (“delito de iniciado”): el presidente G. Bush y el vicepresidente D. Cheney habían recurrido a estos artilugios algunos años antes (ver más adelante). Por su parte, Greenspan había salvado a la empresa LTCM en septiembre de 1998, y además conocía bien el recorrido que había llevado a ésta a la quiebra.

Las autoridades de los Estados Unidos esperaban que gracias a un milagro la Bolsa retomara una trayectoria en alza. Pero fue otro el escenario que se produjo: la caída estrepitosa de la misma a escala planetaria mostró que numerosas empresas norteamericanas (y de otras partes del mundo) habían maquillado sus cuentas como jugadores que esperan rehacerse rápidamente, y que arriesgan cada vez más tomando créditos con la esperanza de licuar sus deudas. Entre marzo del 2000 y noviembre del 2002, con la decreciente trayectoria de la bolsa y el desinfle parcial de la burbuja bursátil, se esfumaron más de 15.000.000.000 millones de dólares a escala mundial (7.000.000.000 millones en los Estados Unidos).


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