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dijous 7 de març de 2013 | Manuel
Hugo Chávez: In Memoriam

Teresa Forcades, Néstor Kohan, Claudio Katz, Tariq Ali, Santiago Alba Rico

Teresa Forcades - Castro i Chavez: Dictadura i democracia en construcció

6/3/2013


Presidente Hugo Chávez, Consejo de Ministros 20 octubre 2012, Golpe de Timón

Discurso completo aquí

Golpe de Timón: palabras del presidente Hugo Chávez

1 Dic. 2012

El documento titulado "Golpe de Timón", ofrece la visión del Presidente Chávez sobre lo que debería ser el "nuevo ciclo de la revolución bolivariana" y la orientación del gobierno durante el periódo 2013-2019, contiene las palabras de Chávez, pronunciadas en la primera reunión del nuevo Consejo de Ministros (realizada el 20 de octubre), donde habló de la crítica y autocrítica, la eficiencia, la aceleración de la construcción de las comunas y el desarrollo del Sistema Nacional de Medios Públicos, entre otros temas de la construcción del socialismo, que anunció como primordiales para el próximo período presidencial.

Índice

Presentación

El nuevo ciclo de la transición

La democracia socialista del siglo XXI

Autocrítica para rectificar

El socialismo no se decreta

Debemos injertar la propiedad social, el espíritu socialista

El objetivo es el pueblo

Mayor eficiencia para mejores resultados

Reforzamiento del Sistema Nacional de Medios Públicos

Puede descargarse aquí


Hugo Chávez, el odio del imperialismo y de las burguesías, el amor de los pueblos rebeldes

Néstor Kohan, Rebelión

Tristeza y dolor. De allí partimos. ¿Por qué disimular los sentimientos y disfrazarlos con refinamientos artificiales que se cocinan en su propia tinta y, en última instancia, no dicen absolutamente nada? Sí, tristeza y dolor ante la muerte de un compañero y un luchador que se jugó la vida más de una vez por los humildes, por los de abajo y que se animó a enfrentar a la potencia más agresiva y feroz de todo el planeta. Pero también todo nuestro reconocimiento, nuestro respeto, nuestro emocionado homenaje. Al leer diversas notas y artículos, escritos sobre la muerte reciente de Hugo Chávez, percibo en la intelectualidad de izquierda, crítica o progresista, cierta actitud vergonzante. Le rinden respeto, pero “con cuidado” y sin salirse, claro, de los buenos modales.

Como si al rendir el homenaje que se merece este enorme luchador fallecido tuvieran que hacer reverencias y justificarse ante los críticos de Chávez, la socialdemocracia (abiertamente proimperialista), el autonomismo (sí, pero no, quizás, tal vez, aunque un poquito, no obstante, sin embargo) o diversas variantes de la izquierda eurocéntrica (que añorando un esquema simplificado de la revolución bolchevique desconoce cualquier novedad en la historia —sobre todo si sucede en el Tercer Mundo— y en la práctica cotidiana termina siendo más tímida y suave que la Madre Teresa de Calcuta).

Ninguna vergüenza compañeros, no hay que pedir perdón, compañeras. No tengan miedo, no se cuiden tanto. Hugo Chávez se merece el homenaje y el reconocimiento sincero y abierto de los pueblos en lucha de todo el continente. Sin medias tintas. Sin calculitos mediocres, pusilánimes y timoratos. Chávez se la jugó, arriesgó el pellejo, estuvo a punto de morir en un golpe de Estado y no se arrodilló ni tuvo miedo ante el enemigo.

Su valentía no sólo fue física y personal. También fue teórica y política. Cuando nadie daba dos pesos por la bandera roja, se animó a patear el tablero de la agenda progresista y volvió a poner en discusión nada menos que… el socialismo. Los compañeros zapatistas, que jugaron un gran papel en los ’90 cuestionando el neoliberalismo y por eso ganaron merecido reconocimiento y admiración en todo el mundo progresista, nunca llegaron a plantear el socialismo. Ni el del siglo XXI ni ningún otro. El socialismo estaba directamente fuera de agenda. Tampoco se hablaba de imperialismo. Ni siquiera de revolución. De nada de eso se podía hablar. Ni siquiera se mencionaban esos conceptos o esas categorías anticapitalistas. Eran palabras prohibidas. La inquisición del pensamiento elegante y políticamente correcto las había enterrado.

Hugo Chávez, dio un paso más. Retomó las justas rebeldías que gritaban “Otro mundo es posible” y cuestionaban el neoliberalismo pero les dio varias vueltas de tuerca. Ese otro mundo posible no puede ser otro que… el socialismo. Lo gritó en las narices del imperio, en la frente de la derecha y en la nuca del mundo progresista. Si te gusta, bien, y sino, también. Dio vuelta a una página de la historia. Ya nada fue como hasta entonces.

¿Cómo? ¿El socialismo?” Sí, el socialismo. Ese mismo que todas las derechas del mundo y muchas “izquierdas” creían enterrado bajo los ladrillos apolillados de esa pared que, carcomida por dentro, se cayó en 1989, allá lejos, en algunos barrios de Alemania donde se bebe tanta cerveza.

¿De dónde salió este loco trasnochado? ¿Qué texto clásico habrá leído Chávez en alguna librería de usados o en alguna biblioteca de viejitos para comenzar a reclamarle a todo el mundo que no se olviden del socialismo?” El “clásico” que había leído Hugo Chávez para reinstalar al socialismo en la agenda de los movimientos sociales y los pueblos rebeldes del nuevo siglo era… Simón Bolívar. Otro “loco al frente de un ejército de negros” como llamaban despectivamente al Libertador los diplomáticos norteamericanos y sus agentes de inteligencia a inicios del siglo XIX.

Sí, el mismo Simón Bolívar que los Documentos de Santa Fe (núcleo de acero de la estrategia del Pentágono y el neomarcartismo “multicultural” norteamericano) ubicaban como enemigo subversivo al lado de Hugo Chávez en Venezuela y de las FARC-EP en Colombia. Esa era su fuente de inspiración. Simón Bolívar, el Quijote del siglo XIX.

A despecho de tantos “inspectores de revoluciones ajenas” (como solía ironizar Rodolfo Puiggrós frente a quienes nunca organizaron ni encabezaron ninguna lucha histórica importante pero viven levantado el dedito para insultar a los demás), Hugo Chávez no sólo reinstaló el debate por el socialismo como horizonte político y cultural para los pueblos de Nuestra América. No sólo dialogó durante años con su pueblo sobre historia, enseñando en cada programa de Aló presidente sobre las guerras de independencia del siglo XIX, defendiendo la identidad cultural de Nuestra América. Por si esa tarea pedagógica de masas no alcanzara, también comenzó a reivindicar públicamente autores malditos y endemoniados como Ernesto Che Guevara, Vladimir I. Lenin, León Trotsky o Rosa Luxemburg. Tuve la oportunidad y el honor de escucharlo en persona, más de una vez, referirse a estos herejes de la revolución mundial diciendo, con esa sonrisa tan irónica y tierna al mismo tiempo: “Queridos hermanos ¡Éste es el camino! La creación de hombres y mujeres nuevas, como proponía el Che Guevara. La única salida es internacional. No puede haber soluciones en países aislados ni socialismo en un solo país. La solución es el socialismo y es a nivel internacional”. No me lo contó nadie. No lo leí. Lo ví y lo escuché directamente, enarbolando y defendiendo las ideas de esos herejes.

Siempre sus discursos incluían frases como esta: “Estuve leyendo este libro….” Y ahí comenzaba una auténtica pedagogía popular, crítica, masiva. Porque Hugo Chávez supo emplear la TV y otros medios masivos para concientizar, para incentivar el estudio, para abrir grandes debates, en los cuales nunca se cansaba de recomendar libros de historia, libros marxistas, libros de la teoría de la dependencia. Era un lector voraz, a pesar de tantas actividades (Miguel Rep, compañero y amigo, le dio en persona un libro que hicimos juntos sobre Antonio Gramsci, yo también se lo regalé, Chávez se sacó varias fotos ante la prensa con ese libro sobre la mesa. Un honor).

Este gran pedagogo popular, con un gesto diplomático que también tenía mucho de ironía, se animó a regalarle al presidente de Estados Unidos Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. Era una manera muy sutil de tratarlo de bruto y al mismo tiempo de mostrarle que los pueblos de Nuestra América debemos superar de una buena vez ese complejo (típicamente colonial) de inferioridad que nos han inoculado las burguesías lúmpenes, socias menores y cómplices del imperialismo.

Siguiendo las enseñanzas del Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, Chávez promovió de manera obsesiva una serie interminable de iniciativas institucionales integradoras a nivel regional (desde el ALBA hasta Telesur; desde Petrocaribe hasta el Banco del Sur; desde la UNASUR hasta la CELAC, etc.) pero al mismo tiempo apoyó a la insurgencia y a la guerrilla comunista, principalmente de las FARC-EP de Colombia. Esa es la verdad. A veces lo dijo en público, otras veces no. Incluso cuando tomó decisiones equivocadas (como en el caso de Joaquín Pérez Becerra, que en su oportunidad criticamos públicamente), nunca rompió sus relaciones con la insurgencia. Esa misma insurgencia comunista que gran parte del progresismo y de la intelectualidad crítica no se anima ni siquiera a mencionar. Mientras tanto le brindó su mano generosa y fraterna a la revolución cubana y a su gran amigo Fidel Castro, a quien quería como un padre. En un movimiento sumamente complejo, trató de unificar o al menos de aglutinar a nivel continental las iniciativas institucionales con las insurgentes y comunistas, las de arriba con las de abajo, las estatales con las sociales en el abanico multicolor de un gran frente continental antiimperialista por el socialismo.

Faltándole el respeto a los esquemas, pero no a la revolución, Hugo Chávez, sumamente iconoclasta, no tuvo miedo de conjugar a Marx con Bolívar ni al Che Guevara con Jesús. Como Simón Bolívar en el siglo XIX, quien sintetizaba a Tupac Amaru con Rousseau, su mejor discípulo en nuestra época se animó a desempolvar el pensamiento político más radical para volverlo actual y políticamente operante. No en la comodidad de una cátedra, sino en la vida. Y lo hizo enfrentando a los peores y más prepotentes genocidas del planeta, de quienes se rió en su cara más de una vez (todos recordamos cuando en una tribuna diplomática internacional dijo, con una sonrisa irónica inconfundible en los labios: “esta tribuna huele a azufre, acá estuvo el diablo, acá estuvo el presidente de los Estados Unidos”. ¡Se reía en la cara del presidente más poderoso del planeta! Lo disfrutaba como un niño desobediente. Tanto como cuando expulsó sin contemplaciones al embajador yanqui de Venezuela o cuando desafió al insolente rey franquista de España. ¿Cuántos se animaron a hacer algo aunque sea similar en nuestra época?

No exageramos. Fue tan original y tan antiimperialista como su principal maestro e inspirador, Simón Bolívar. Pero entre ambos existe una gran diferencia histórica y política que marca cuánto hemos avanzado en esta búsqueda de la tierra prometida y de la liberación de Nuestra América. Mientras Bolívar murió solo y aislado, triste y desolado, incomprendido e incluso repudiado, Chávez muere rodeado, amado y llorado por todos los pueblos de Nuestra América. Bolívar no aró en el mar. Hugo Chávez supo retomar su estrella de fuego.

¿Después de su muerte? ¿El abismo y el desierto? De ninguna manera. La continuidad de una extensa lucha por el socialismo y la segunda y definitiva independencia de Nuestra América. Muerto Chávez, habrá otros Chávez como hubo nuevos Che Guevara. Las nuevas generaciones se inspirarán en su rebeldía para seguir combatiendo contra los molinos de viento del capital.

El odio del imperialismo y de las burguesías, el amor de los pueblos rebeldes. Eso ha sido, eso es y eso será Chávez.

¡Hasta la victoria siempre comandante!

Barrio de Once, marzo de 2013


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Elementos de balance de la revolución bolivariana

Tomado del artículo: "Venezuela: los dilemas de octubre"

Nestor Kohan

La unidad continental de los pueblos es la clave del triunfo bolivariano a escala internacional (ninguna revolución puede triunfar aislada, en un solo país).

En lo nacional, en cambio, la lucha de clases se expresa en todos los terrenos, no sólo en lo electoral (sin duda el más visible). La segura victoria de Chávez en octubre no debe hacernos olvidar que al interior del proceso bolivariano también hay conflicto. Un segmento que apoya al líder histórico de la revolución bolivariana, aun manteniendo la retórica oficial, hace todo lo que puede (y más) para retardar o esquivar la opción socialista. Día a día pretende “inventar” seudo alternativas, siempre calificadas como “populares”, “autogestionarias” y “bolivarianas” para no profundizar el camino al socialismo. Como si se pudiera marchar al socialismo siendo amigo de todo el mundo y socializando sólo los márgenes de la sociedad (aquellos que no molestan al mercado ni interesan a las grandes empresas porque no son rentables). Como si se pudiera construir la transición al socialismo sin confrontar con los millonarios de la burguesía y el empresariado.

Uno de los grandes desafíos del presidente Chávez y de todo el proceso bolivariano, posterior al seguro triunfo electoral de octubre, consiste en apoyarse en la organización política de las clases populares, explotadas y sulbalternas (su principal y más leal fuerza de lucha) e ir encontrando formas concretas de gestión de la propiedad estatal o nacionalizada que debiliten socialmente el enemigo escuálido y sienten las primeras bases económicas de la transición socialista. Hay que golpear y debilitar a los escuálidos no sólo en la retórica, en la comunicación, en las urnas y en la sensibilidad cultural (algo fundamental e imprescindible) sino también en las columnas vertebrales del mercado capitalista de la economía venezolana. Para vencer al tigre hay que animarse a ponerle sal en la cola. O se enfrenta a la burguesía debilitándola socialmente o la burguesía terminará por devorarse al proceso bolivariano como le ocurrió a la revolución sandinista en 1990. No se puede “civilizar a la burguesía” (expresión poco feliz de Tomás Borge en 1986). ¡Hay que enfrentarla y derrotarla!

Chávez lo puede hacer. Le sobra energía, proyecto, valentía y decisión política. Incluso puso en riesgo su propia vida (recordemos el golpe de estado y la digna actitud que entonces asumió, tan distinta de la pusilanimidad y la cobardía de la mayor parte de la elite política de América Latina). Su decisión personal no es lo único que aquí juega.

La revolución bolivariana se apoya en muchos logros que van más allá del liderazgo carismático de un individuo:

- Internacionalizó la disputa política y cultural al punto de involucrar a todo un continente en cada una de las peleas sociales internas de Venezuela.

- Politizó completamente a la sociedad: hasta el más indiferente o distraído hoy debe pronunciarse (a favor o en contra). Quedó atrás la era del “pragmatismo eficientista” y la despolitización posmoderna de las masas populares que recorrió no sólo Venezuela sino toda Nuestra América en los años 90.

- Recuperó una mirada histórica (bolivariana) de nuestra identidad popular poniendo en crisis el individualismo cínico del posmodernismo que nos invitaba tramposamente a desconfiar de “los grandes relatos” y a vivir al día, pensando únicamente en consumir, sin ideales, sin historia y sin proyectos colectivos.

- Relegitimó los símbolos, la cultura y la tradición política del socialismo, que eran una mala palabra demoníaca en los años ’90.

- Redistribuyó la renta petrolera en los sectores populares y en proyectos políticos regionales, cuando antes era un botín de guerra de la burguesía venezolana destinado a su consumo frívolo y suntuario.

- Reinstaló una opción antimperialista a nivel regional y continental, incluso diríamos mundial, estableciendo vínculos con muchos pueblos y gobiernos del mundo (los “malos” en el lenguaje hollywoodense de las administraciones norteamericanas), desde América Latina hasta África y Asia.

Por todo eso, resulta vital apoyar resueltamente la continuidad del proyecto encarnado por Chávez al mismo tiempo que se torna impostergable la profundización de la revolución bolivariana apuntando a la expropiación de las grandes fortunas, las grandes firmas, los grandes bancos y las grandes empresas (nacionales y extranjeras). Si la revolución bolivariana no marcha al socialismo de una vez por todas —socializando en serio las grandes empresas, nacionalizando las palancas fundamentales de la economía y estableciendo, contra la regulación mercantil, una planificación socialista de gran escala, más allá incluso del ámbito nacional hacia lo regional a través del ALBA—, necesariamente retrocederá y será derrotada por sus enemigos históricos, internos y externos.

26 de Setiembre de 2012

Publicado en “Debate Socialista”, nº 197, 29 y 30 de septiembre, 2012


Nuestro Chávez

Claudio Katz, Rebelión

Aunque el final era esperado siempre quedaba una esperanza. Muchas voces pedían “que aguantara porque lo necesitamos”. No ocurrió y la tristeza embarga a millones frente a lo irreparable. Se ha ido un indispensable y ningún homenaje compensará la pérdida. Cada conmemoración elige un perfil: el líder, el comunicador, el tribuno, el volcán de energías, el osado. Pero algunos homenajes disuelven su revulsivo legado del socialismo y el ALBA.

Chávez cuestionó a viva voz al capitalismo y recuperó un proyecto de emancipación que parecía sepultado. Retomó conceptos censurados, recordó a los marxistas olvidados, denunció a la burguesía y declaró su admiración por Cuba. Transmitió ideas de igualdad social y democracia real que provocaron un terremoto en la conciencia de oprimidos. No defendió vagamente la dignidad y los derechos de los humildes. Convocó a imaginar una sociedad sin explotación, competencia, ni lucro.

Esta dimensión no sólo incomoda a los partidarios del “capitalismo serio”. También molesta a los sectarios, irritados con cualquier planteo desviado de su receta. Objetan la distancia entre el proyecto y su concreción, como si ellos hubieran probado alguna capacidad para acortar esa brecha. Chávez rescató al socialismo de los libros de historia, para situarlo nuevamente entre las posibilidades del futuro.

Volvió a demostrar que ese horizonte es compatible en América Latina con el patriotismo revolucionario. Repitió la trayectoria de los militares antiimperialistas que se radicalizaron convergiendo con las luchas sociales. Y logró una sintonía con su pueblo y un impacto continental, que nunca consiguieron Torrijos o Velazco Alvarado.

Con más cuidado hay que tomar las analogías con el peronismo. Es cierto que lideró la misma irrupción de mayorías silenciadas y la misma obtención de conquistas sociales. Pero Chávez seguía un camino de Cuba totalmente contrapuesto al orden conservador. Por eso nunca avaló la gestación aparatos tan regresivos como el justicialismo. En lugar de confrontar con la juventud movilizada propiciaba la Patria Socialista.

Chávez impulsó la integración regional, pero no idealizaba los negocios y las ganancias empresarias. Los aceptaba como un dato del escenario actual y los concebía como instrumentos de recuperación de soberanía. Su proyecto era el ALBA: la unidad por medio de la cooperación. Comenzó propiciando el intercambio de petróleo por educadores con Cuba y terminó auspiciando incontables campañas de solidaridad con los desamparados de Haití, los desposeídos de Centroamérica y los necesitados de Bolivia. Estas iniciativas fueron interpretadas como “maniobras de petro-diplomacia” por quiénes sólo conciben acciones guiadas por la codicia.

El ALBA ensaya otra construcción latinoamericana, con menos funcionarios y más movimientos sociales. Chávez lo concibió retomando la experiencia de Bolívar. Si la guerra de la Independencia se expandió liberando esclavos y eliminando servidumbres, la batalla actual contra el imperio exige mayor intervención de los sujetos populares. En la preparación de esa confrontación, no ahorró denuncias de la prepotencia estadounidense.

América Latina ha perdido la voz de radicalidad que sobresalía en todos los foros, para pavimentar una estrategia antiimperialista. Se ha creado un gran vacío regional que no tiene sustituto (por el momento). Cuando se discute si Cristina o Dilma cuentan con el carisma suficiente para reemplazarlo se olvida el contenido del liderazgo vacante. El comandante decía la cruda verdad porque no temía desafiar a los poderosos. Por eso se burlaba de los diplomáticos yanquis y de los reyezuelos europeos que intentaron acallarlo.

Chávez supo combinar consecuencia con inteligencia en la evaluación de las relaciones de fuerza. Esa capacidad fue muy visible en el último período, cuando delegó el gobierno, forjó un equipo, posicionó a Maduro y debilitó a Capriles. Así conjuró el vacío de poder que tanto añora la derecha. Pero aceleró su propio final, con las energías desplegadas en la campaña electoral.

El resultado de esos comicios ha sido indigerible para los custodios del orden republicano que digitan los poderosos. Cuestionan al terrible autoritario, que arrasó en 13 elecciones cristalinas y al espantoso censor, que siempre pudieron insultar desde los medios de comunicación. La sobriedad profesional en el manejo posterior de la enfermedad presidencial debería servir de modelo, a todos los negociantes del periodismo, que lucran con la tragedia de un paciente terminal.

La disputa entre profundizar o congelar el proceso venezolano se ha tornado más incierta. Hay una tensión cotidiana con los burócratas que utilizan el disfraz bolivariano para enriquecerse, recreando el rentismo exportador y el consumo improductivo. Bloquean la construcción de una economía industrial, eficiente y auto-abastecida en alimentos. Acumulan fortunas con la intermediación de las divisas del fondo petrolero, agigantan el déficit fiscal y preservan el ciclo de las devaluaciones.

Por su parte muchos los opositores reconocen, ahora, el gran cambio perpetrado en la distribución de la renta petrolera. Aceptan que esos recursos fueron provechosamente canalizados hacia la alimentación, la educación, la salud y la vivienda popular. Nunca explican por qué razón, ningún presidente anterior concretó esa transformación.

Las conquistas logradas están a la vista y son muy significativas. Pero no alcanzan y podrían perderse si se pospone la radicalización del proceso económico. Ya no hay un conductor y llegó el momento para conformar direcciones más colectivas y electas por la base. Esta evolución es posible por el carácter inesperado de los procesos históricos. Nadie imaginaba, por ejemplo, hace diez años el giro que introduciría el movimiento bolivariano.

Chávez ingresa en la historia por la puerta grande para ocupar un lugar junto al Che. Guevara fue el símbolo de una revolución ascendente que despertó grandes expectativas en la expansión inmediata del socialismo. Chávez apareció en otro contexto. Expresó las rebeliones que conmovieron a Sudamérica al comienzo del siglo XXI y encarnó los triunfos contra el neoliberalismo. Dos figuras excepcionales para dos momentos de un mismo recorrido hacia la igualdad, la justicia y la emancipación.

Claudio Katz es economista, investigador, profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es: www.lahaine.org/katz


Hugo Chávez y yo

Tariq Ali, The Guardian / Rebelión

El difunto presidente de Venezuela, con el que he estado muchas veces, será recordado por sus partidarios como un amante de la literatura, como un orador fogoso y como un hombre que luchó por su pueblo y ganó.

Una vez le pregunté si prefería a los enemigos que lo odiaban porque sabían lo que estaba haciendo, o a quienes rechinaban los dientes y echaban espumarajos por pura ignorancia. Él se echó a reír. Le parecían preferibles los primeros, explicó, porque le hacían sentir que estaba en el camino correcto. La muerte de Hugo Chávez no ha sido una sorpresa, pero eso no la hace más fácil de aceptar. Hemos perdido a uno de los gigantes políticos de la era post-comunista. Venezuela, con sus elites enfangadas en una corrupción a escala masiva, estaba considerada como un seguro puesto de avanzadilla de Washington y, en el otro extremo, de la Internacional Socialista. Pocos pensaron en Venezuela antes de sus victorias. A partir de 1999 todos los grandes medios de comunicación occidentales se sintieron obligados a enviar allá un corresponsal. Dado que todos decían lo mismo (el país estaría al borde de una dictadura de tipo comunista) les habría salido más rentable si hubieran compartido sus recursos.

Lo conocí en 2002, poco después del fracaso del golpe militar instigado por Washington y Madrid, y luego en muchas otras ocasiones. Pidió verme durante el Foro Social Mundial de Porto Alegre, Brasil. Me preguntó: "¿Por qué no has ido a Venezuela? Ven pronto". Así lo hice. Lo que atraía de él era su franqueza y su coraje. Lo que a menudo parecía ser puro arrebato resulta que lo había meditado cuidadosamente y después, dependiendo de la respuesta, lo ampliaba con sus espontáneas erupciones. En un momento en que el mundo se había quedado mudo, en el que el centro-izquierda y el centro-derecha tenían que luchar duro para encontrarse algunas diferencias y sus políticos se habían convertido en disecados hombres-máquinas obsesionados con hacer dinero, Chávez iluminó el panorama político.

Surgió como un buey indestructible, hablando durante horas a su pueblo con una voz cálida y sonora, con una elocuencia ardiente que hacía imposible permanecer indiferente. Sus palabras tenían una resonancia impresionante. Sus discursos estaban salpicados de homilías, pasajes de historia nacional y continental, citas del líder revolucionario del siglo XIX y presidente de Venezuela Simón Bolívar, pronunciamientos sobre el estado del mundo y canciones. "A nuestra burguesía le avergüenza que cante en público. ¿A ustedes les molesta?", solía preguntar a la audiencia. La respuesta era un rotundo "¡No!". Entonces les pedía que se unieran a su canto y decía: "¡Más alto, que nos oigan al Este de la ciudad!". En cierta ocasión, justo antes de una concentración de ese tipo, me miró y dijo: "Hoy pareces cansado. ¿Aguantarás hasta la noche?" Yo le respondí: "Depende de cuánto dure tu alocución". Prometió que sería un discurso breve. Menos de tres horas.

Los bolivarianos, como se llama a los partidarios de Chávez, presentaron un programa político que desafiaba el consenso de Washington: neoliberalismo en el país y guerras en el extranjero. Ésa fue la razón principal de la descalificación de Chávez, y seguramente seguirá siéndolo mucho después de su muerte.

Los políticos como él se habían vuelto intolerables. Lo que él más odiaba era la indiferencia desdeñosa de los principales políticos de América del Sur con respecto a sus propios pueblos. La élite venezolana es notoriamente racista. Consideraban al presidente electo de su país como un individuo inculto e incivilizado, un zambo de sangre mixta africana e indígena en quien no se podía confiar. Las cadenas de televisión privadas retrataban a sus partidarios como monos. Colin Powell tuvo que reprender públicamente a la embajada de EEUU en Caracas por haber celebrado una fiesta en la que Chávez fue representado como un gorila.

¿Le sorprendía aquello? "No", me dijo con una expresión sombría en su rostro."Vivo aquí. Los conozco bien. Una de las razones por las que muchos de nosotros entramos en el ejército es que todas las demás vías están cerradas". Pero eso se acabó. Tenía pocas ilusiones. Sabía que los enemigos locales no se agitaban y conspiraban en el vacío. Detrás de ellos estaba el Estado más poderoso del mundo. Durante algún tiempo pensó que Obama podría ser diferente. El golpe militar de Honduras lo desengañó al respecto.

Tenía un puntilloso sentido del deber para con su pueblo. Él era uno de ellos. A diferencia de los socialdemócratas europeos, nunca creyó que de las corporaciones y los banqueros pudiera venir ninguna mejora para la humanidad, y así lo dijo mucho antes de la caída de Wall Street de 2008. Si tuviera que etiquetarlo de alguna manera, diría que era un demócrata socialista ajeno a cualquier impulso sectario y rechazado por el comportamiento auto-obsesivo de varias sectas de extrema izquierda y por la ceguera de sus rutinas. Así me lo dijo cuando nos conocimos.

Al año siguiente, en Caracas, le pregunté más sobre el proyecto bolivariano. ¿Hasta qué punto era realizable? Fue muy claro, mucho más que algunos de sus más entusiastas partidarios: ’’No creo en los postulados dogmáticos de la revolución marxista. No acepto que estemos viviendo en un período de revoluciones proletarias. Todo eso debe ser revisado. La realidad nos lo está diciendo todos los días. ¿Perseguimos hoy en Venezuela la abolición de la propiedad privada o el establecimiento de una sociedad sin clases? No lo creo. Pero si me dicen que a causa de esa realidad no se puede hacer nada para ayudar a los pobres, las personas que han hecho rico a este país con su trabajo — y no olvidemos nunca que parte de él fue trabajo esclavo — , entonces yo digo: ‘Aquí nos separamos’. Nunca aceptaré que no pueda redistribuirse la riqueza en la sociedad. A nuestras clases altas ni siquiera les gusta pagar impuestos. Ésa es una razón por la que me odian. Les dijimos: `Deben ustedes pagar sus impuestos’. Creo que es mejor morir luchando que permanecer al margen agitando un estandarte muy revolucionario y muy puro, pero sin hacer nada... Esa postura a menudo me parece muy conveniente, una buena excusa… Intentad hacer vuestra revolución, pelead, avanzad un poquito, aunque solo sea un milímetro, en la dirección correcta, en lugar de soñar con utopías" .

En uno de sus mítines públicos recuerdo haber estado sentado al lado de una mujer mayor vestida modestamentea. La mujer me preguntó sobre él. ¿Qué pensaba yo? Lo que hacía, ¿estaba bien? ¿No hablaba demasiado? ¿No era demasiado temerario a veces? Yo lo defendí. Ella se sintió aliviada. Era su madre, preocupada porque tal vez no lo había criado tan bien como debería haber hecho: "Cuando era niño siempre procurábamos que leyera libros”. Esta pasión por la lectura lo acompañó siempre. La historia, la ficción y la poesía fueron los amores de su vida: "Fidel padece insomnio, como yo. ​​ A veces estamos leyendo la misma novela. Me llama a las 3 de la madrugada y me pregunta: `Qué, ¿ya la acabaste? ¿Qué te parece?’ Y seguimos discutiendo otra hora más ."

Fue el hechizo de la literatura lo que en 2005 lo llevó a celebrar el 400 aniversario de la gran novela de Cervantes de una manera única. El ministerio de cultura hizo imprimir un millón de ejemplares de Don Quijote y los distribuyó gratis a un millón de hogares pobres pero ya alfabetizados. ¿Un gesto quijotesco? No. La magia del arte no puede transformar el universo, pero puede abrir una mente. Chávez confiaba en que el libro sería leído, si no entonces más tarde.

Su cercanía a Fidel Castro ha sido descrita como una relación padre-hijo. Eso es así solo parcialmente. El año pasado una ingente multitud se congregó en el exterior del hospital de Caracas donde Chávez intentaba recuperarse de su tratamiento anticáncer y los cantos de la muchedumbre se fueron haciendo cada vez más fuertes. Chávez ordenó que se instalara en la azotea un sistema de megafonía. A continuación, se dirigió a la multitud. En La Habana , Fidel Castro observaba atónito la escena a través del canal Telesur. Telefoneó al director del hospital: "Fidel Castro al aparato. Debería usted ser despedido. Métalo de nuevo en la cama y dígale que lo digo yo".

Más allá de su amistad, Chávez veía a Castro y al Che Guevara en un marco histórico. Eran los herederos en el siglo XX de Bolívar y de su compañero Antonio José de Sucre. Trataron de unificar el continente pero fue como arar el mar. Chávez se acercó más a ese ideal que el cuarteto que tanto admiraba. Sus éxitos en Venezuela desataron una reacción continental: Bolivia y Ecuador obtuvieron victorias. El Brasil de Lula y Dilma no siguió el modelo social [bolivariano], pero se negó a permitir que Occidente los enfrentara entre sí. Los periodistas occidentales tenían una coletilla recurrente: Lula es mejor que Chávez. El año pasado Lula declaró públicamente que apoyaba a Chávez, cuya importancia para "nuestro continente" nunca debería ser subestimada.

La imagen de Chávez más difundida en Occidente fue la de un caudillo opresor. Si tal cosa hubiera sido cierta me habría gustado que hubiera más como él. La Constitución Bolivariana , rechazada por la oposición venezolana, por sus periódicos y canales de televisión y por la CNN local, amén de por sus partidarios occidentales, fue aprobada por una amplia mayoría de la población. Es la única Constitución del mundo que ofrece la posibilidad de desposeer de su cargo a un presidente electo mediante un referéndum convocado a partir de la recogida de un número estipulado de firmas. Coherente sólo en su odio a Chávez, la oposición intentó utilizar este mecanismo en 2004 para destituirlo. Declinando ampararse en el hecho de que muchas de las firmas recogidas pertenecían a personas fallecidas, el gobierno venezolano decidió aceptar el reto.

Yo estaba en Caracas una semana antes de la votación. Cuando me encontré con Chávez en el palacio de Miraflores el presidente se hallaba estudiando detenidamente las encuestas de opinión. El resultado era incierto. "Y si pierdes?", le pregunté. "En ese caso renunciaré", respondió sin vacilar. Y ganó.

¿Nunca se cansaba? ¿Acaso no se deprimía? ¿No perdía la confianza? "", respondió. Pero no por el intento de golpe de Estado o por el referéndum. Fue la huelga organizada por los corruptos sindicatos petroleros y respaldada por las clases medias lo que le preocupó, porque sus consecuencias afectarían a toda la población, especialmente a los pobres: "Hay dos factores que me ayudaron a mantener la moral. La primera fue el apoyo que conservamos en todo el país. Me harté de estar sentado en mi oficina, así que con un guardia de seguridad y dos camaradas salí a escuchar a la gente y a respirar aires mejores. La respuesta me conmovió profundamente. Una mujer se acercó a mí y me dijo: ’Chávez, sígueme, quiero mostrarte algo’. La seguí hasta su pequeña morada. Dentro, su esposo y sus hijos estaban esperando a que cocinara la sopa. ’Mira lo que estoy usando como combustible... el respaldo de nuestra cama. Mañana voy a quemar las patas, al día siguiente la mesa, luego las sillas y las puertas. Vamos a sobrevivir, pero no te rindas ahora’. Al salir, los chicos de las bandas se acercaron y me estrecharon la mano. ’Nosotros podemos vivir sin cerveza. Usted asegúrese de joder bien a esos hijos de puta’".

¿Cuál era la realidad íntima de su vida? Para cualquier persona con un cierto nivel de inteligencia, carácter y cultura, sus inclinaciones naturales, tanto emocionales como intelectuales, van unidas y constituyen un todo no siempre visible para todos. Él estaba divorciado, pero el afecto que sentía por sus hijos y nietos jamás estuvo en duda. La mayoría de las mujeres que amó, y hubo unas cuantas, lo describieron como un amante generoso, y lo hicieron mucho después de haberse separado.

¿Qué decir del país que deja detrás? ¿Un paraíso? Por supuesto que no. ¿Cómo podría serlo dada la magnitud de los problemas? Pero deja tras de sí una sociedad muy cambiada en la que los pobres sienten que tienen una participación importante en el gobierno. No hay otra explicación para su popularidad. Venezuela está dividida entre sus partidarios y sus detractores. Murió invicto, pero las grandes pruebas están aún por llegar. El sistema que creó, una democracia social basada en la movilización de masas, tiene que seguir progresando. ¿Estarán sus sucesores a la altura de la tarea? En cierto sentido, ése es el test decisivo del experimento bolivariano.

De una cosa podemos estar seguros: sus enemigos no van a dejarle descansar en paz. ¿Y sus partidarios? Sus partidarios, los pobres de todo el continente y de otras partes, lo verán como un líder político que prometió y entregó derechos sociales en un escenario completamente adverso. Lo verán como alguien que luchó por ellos y ganó.

Font original: guardian.co.uk


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chavez

El sucesor de Chávez

Santiago Alba Rico, La Jiribilla / Rebelión.

Ningún ser humano vivió ese proceso geológico lentísimo de bullicio marino, emergencia de la tierra desde el fondo de las aguas, división y formación de los continentes, erupción de volcanes y solidificación de las montañas, que transformó poco a poco el planeta tierra en un lugar apto para la vida. Pero no es verdad. Todos hemos asistido en la última década a una especie de aceleración geológica inesperada; todos hemos visto surgir una montaña, retroceder las olas, formarse un continente. Nadie podía prever que ocurriese en Venezuela ni que el activador de esta danza terrestre fuese ese joven y oscuro oficial que en 1992 se quebró el costado en una fracasada aventura quijotesca. Pero lo cierto es que si algo deben admitir incluso sus enemigos -que por eso lo combatieron sañudamente- es que Hugo Chávez y el pueblo venezolano han cambiado en veinte años el destino geológico de América Latina y la inercia de derrota de la izquierda mundial. Cuando la “pedagogía del terror” aplicada en el subcontinente americano durante la Guerra Fría parecía haber logrado sus objetivos, de manera que se podía permitir votar a los latinoamericanos con la seguridad de que iban a elegir al “candidato correcto”, la revolución democrática de 1998 en Venezuela volteó todas las relaciones de fuerza, contaminando su coraje -contagiando su salud- a toda la región. Hugo Chávez fue la victoria colectiva sobre un miedo de décadas, y hasta de siglos, como los bosques fueron una victoria sobre el frío mesozoico y el Himalaya una victoria sobre el diluvio de Tetis.

Los que hemos visitado Venezuela con regularidad en los últimos años sabemos que este inesperado salto geológico tiene que ver con un concepto cardinal prolongado años después por los pueblos árabes: dignidad. No se trata de algo que se pueda conseguir a fuerza de meditación o a través de la intervención de un psicólogo; ni con retóricas adulaciones populistas. La dignidad es una fuerza material demiúrgica, siderúrgica, que cambia, por eso, la propia orografía del terreno y que sube desde el suelo enraizando y embelleciendo los cuerpos: el derecho al voto, el derecho a las letras, el derecho a la salud y la vivienda, el descubrimiento socrático -mientras se saca del bolsillo la Constitución, y no un revolver, para discutir acaloradamente en la cola del mercado- de la propia capacidad para intervenir en la hechura material de la existencia y en el destino político de la nación. Este cambio geológico, cuya importancia a veces es difícil de medir desde Europa, lo resumía muy bien una mujer del 23 de Enero, uno de los barrios más pobres y más chavistas de Caracas: “¿Ciudadanos? Ni siquiera sabíamos que éramos seres humanos”.

Decenas de artículos en estos días destacan los logros sociales de Chávez y no voy a repetirlos aquí. Tampoco voy a insistir en los límites y errores de sus políticas, que demuestran, en todo caso, cuánto se puede meter la pata cuando no se obedece a los mercados y a los estadounidenses (¿qué error concreto podríamos criticar en Rajoy?). Y tampoco voy a repasar las mentiras de nuestra prensa, la desinformación sistemática de nuestros medios, las manipulaciones clasistas y racistas amañadas contra Venezuela, pues son también otra forma de medir la altura del Himalaya. Pero sí me gustaría recordar lo que una Europa cada vez menos democrática trata de ocultar a toda costa: que el proceso constituyente de Venezuela, con sus metástasis ecuatoriana y boliviana, con sus instituciones continentales, no sólo configura un proyecto de soberanía regional sin precedentes sino que se toma en serio por primera vez, incluso “formalmente”, esa democracia que los occidentales publicitan con misiles y bombardeos en el exterior mientras se la recortan cada vez más a sus propios ciudadanos.

Alguien dirá que Chávez se muere en el peor momento, cuando los peligros son mayores, cuando más se le necesita. Pero, ¿cuál habría sido el bueno, el buen momento? Todos podemos morirnos en cualquier momento y ese momento será siempre uno de los momentos de una lucha siempre inconclusa. Chávez -hay que aceptarlo- nunca habría podido vivir tanto como viven los pueblos que lo parieron y que lo seguirán necesitando. Lo que hay que decir, más bien, es que Chávez surgió en el momento adecuado, desde el fondo marino, para configurar un nuevo continente, desviar la Patria Grande de su fatalismo histórico y reordenar, en apenas 14 años, un destino geológico que, en cualquier caso, necesitará aún muchos años para fertilizar los bosques y elevar las montañas. En este sentido, Hugo Chávez no tiene posible reemplazo.

Hugo Chávez sólo puede ser sustituido por el pueblo de Venezuela, cuya responsabilidad adquiere de pronto dimensiones planetarias. Desde ese mundo árabe que él no supo comprender bien, pero que no puede seguir mirándose en el espejo de la Europa fracasada y colonial y que por eso mismo, sumergido en la batalla, debe hugochavizarse y latinoamericanizarse; desde esa Europa fracasada y colonial al borde de su propio “caracazo”, drogada de narcisismo y tocada de muerte; desde todos los rincones de un planeta en zafarrancho de muerte, con dolor, con solidaridad, con esperanza, nos apoyamos hoy en el pueblo de Venezuela, sucesor del presidente Hugo Chávez, que se fue demasiado pronto como para no dejarnos inciertos y tristes pero que llegó a tiempo para dejarnos muchos y fuertes.

Chávez es hoy otro de los nombres de la ladera en la que nos mantenemos de pie.


La revolución comienza hoy

Daniel Chavez, TNI 6 Marzo 2013

Por definición, una revolución —una transformación radical de la estructura social, económica y política— es un proceso colectivo, no el producto de un único individuo. Ahora que Hugo Chávez ha muerto, la Revolución Bolivariana, intrínsecamente asociada a su imagen personal, se enfrenta a su prueba fundamental y verdadera. Pero el legado social y político de su líder es ya imborrable.

Hugo Chávez ha entrado al panteón revolucionario de América Latina ocupando un lugar entre Simón Bolívar y el Che, dos de sus personajes históricos favoritos. En un futuro próximo, su mausoleo se convertirá en un lugar de peregrinación para los activistas de izquierda de todo el mundo y, muy probablemente, como El Cid, incluso en la muerte seguirá cabalgando y ganará las próximas elecciones venezolanas. Pero el futuro de la revolución bolivariana no está garantizado.

Quizás hoy no es el momento adecuado para especular sobre el futuro y debamos concentrarnos en el legado de Chávez. Esta semana vamos a leer múltiples editoriales, donde serios analistas, desde perspectivas ideológicas muy diferentes, explicarán las muchas razones que podrían ayudar a entender cómo millones de venezolanos han confiado tanto en un comandante militar carismático e histriónico para regir el destino del país, y cómo muchos otros millones latinoamericanos lloran hoy su muerte como la pérdida de un amigo muy cercano.

En pocas palabras, la clave reside en la mejor calidad de vida que millones de venezolanos han alcanzado desde que Chávez llegara al gobierno en 1999. Es cierto que la economía nacional es débil y que la inflación es muy alta, que la tasa de criminalidad es horrenda, que el acceso al azúcar y a otros artículos de primera necesidad no siempre ha sido seguro, o que los cortes del abastecimiento eléctrico han sido insoportables en el pasado reciente. Pero es indiscutible que Venezuela es un país donde la pobreza en todas sus variantes y manifestaciones ha disminuido de manera constante y visible en las últimas dos décadas, desde el 71% de la población en el año 1996 al 21% en el año 2010, y que la indigencia se ha reducido del 40% al 7,3% en el mismo período. También es indiscutible que el ingreso real de los trabajadores ha aumentado, que los productos para el consumo familiar han sido subvencionados para llegar a sectores sociales anteriormente excluidos del mercado, y que la riqueza nacional en general hoy se distribuye de una manera más igualitaria que en la mayoría de los países de la región. Y todos estos cambios han derivado de la riqueza petrolera de Venezuela, la misma opulencia que antes de que Chávez asumiera el gobierno sólo servía para enriquecer a una cleptocracia parasitaria.

Los supuestos anteriores no se basan en meras opiniones de izquierda que celebran de forma acrítica las políticas de Chávez. Fuentes respetadas e independientes, como la Comisión de las Naciones Unidas Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), han reconocido que los programas sociales del tipo de las misiones bolivarianas han aumentado la tasa de alfabetización hasta el 98,5%, y que la tasa de matrícula se ha incrementado hasta el 92,7% en la enseñanza primaria y el 72,8% en las escuelas secundarias. La posición de Venezuela en el Índice de Desarrollo Humano ha mejorado de forma notable en la última década, a partir de un valor de IDH de 0,656 en el año 2000 a 0,735 en el año 2011. Entre 2000 y 2011, la esperanza de vida al nacer aumentó en cuatro años, la escolaridad media aumentó en casi dos años, y los años de escolarización prevista aumentaron en más de tres años. Estos avances ha sido reconocidos por el secretario general de Naciones Unidas Ban Ki-moon, quien en un comunicado distribuido después de la muerte del mandatario venezolano afirmaba: “El presidente Chávez dio respuesta a los retos y las aspiraciones de los venezolanos más vulnerables”.

Precisamente, los más vulnerables son sin duda quienes tienen más razones para llorar el fallecimiento de Chávez. Bajo su liderazgo, una amplia gama de proyectos sociales integrados en el marco de las misiones fueron desplegados en todo el país. Muchos respetados investigadores ya han subrayado las características muy debatibles de planificación y gestión de estas iniciativas, así como sus objetivos ideológicos también discutibles, pero las misiones han ampliado el acceso a servicios de salud y educación a todos los rincones del país, aunque los nuevos médicos y enfermeras puedan ser cubanos, o incluso si la calidad de los diplomas expedidos por las nuevas escuelas y universidades bolivarianas no es tan buena como sería deseable. Quizás los programas bolivarianos de vivienda no han realmente cambiado la cara de los barrios marginales de las grandes ciudades. Tal vez los mercados populares abiertos por el Gobierno no han sido una verdadera solución a la escasez de productos de primera necesidad. Tal vez la dependencia crónica de Venezuela de la producción de petróleo y la primarización de la economía se han profundizado, sin que el gobierno bolivariano haya sido capaz de trascender la ‘enfermedad holandesa’ y la ‘maldición de los recursos’. Y por supuesto, habría todavía mucho más que criticar sobre el diseño y la ejecución de las políticas sociales, económicas y ambientales bajo el liderazgo de Chávez. Pero las preguntas clave que no han sido respondidas por muchos críticos, tanto desde la derecha como desde la izquierda, siguen siendo las mismas: ¿podría algún otro líder haber logrado mejores resultados que él y sin tener que enfrentar un golpe militar y una serie de huelgas patronales y manifestaciones orquestadas por las elites tradicionales prácticamente sin interrupción, como las que Chavez tuvo que enfrentar desde el día posterior a su toma de mando hasta el día de su muerte?

Demasiados periodistas e investigadores académicos que han publicado evaluaciones de Chávez como líder de la revolución bolivariana no se han preocupado por responder a las preguntas anteriores con imparcialidad y en base a datos reales. Una constante en los últimos años ha sido una fijación maliciosa en la figura de Chávez, presentando al proceso venezolano como una acción puramente individual y a su presidente como un dictador malvado, como un payaso irresponsable y no muy inteligente, o como el mesías de la revolución socialista mundial por venir, ignorando el compleja e internamente contradictorio entramado de relaciones socioeconómicas que dan forma a la Venezuela contemporánea. Adjetivos polisémicos y ambiguos como ‘populista’", ‘autoritario’ o ‘socialista’ se han asociado a la imagen Chávez de forma apresurada y sin ningún análisis posterior basado en evidencia empírica. La fijación destructiva con Chávez es muy evidente en la prensa europea. Soy un lector regular de El País, y no recuerdo ninguna cobertura positiva en artículos o textos de opinión publicados por el principal diario español —que se presenta a sí mismo como proyecto editorial basado en la más alta calidad periodística y abierto a perspectivas ‘progresistas’— durante los años que Chávez ha estado en el gobierno. Al mismo tiempo, no me cuesta ningún esfuerzo recordar muchísimos artículos en contra del proceso bolivariano, muchos de ellos piezas de opinión disfrazadas como una cobertura de noticias imparcial. Situaciones similares, aunque no al extremo que ha alcanzado El País, se pueden observar en diarios y revistas de otros países europeos.

En los últimos meses, la ofensiva contra Chávez se ha centrado principalmente en temas económicos, después de que el previo énfasis en los rasgos ‘dictatoriales’ de su gobierno perdiera credibilidad a la luz de los informes de transparencia electoral reportados por la Fundación Carter y otros observadores independientes. Analistas conservadores han difundido la opinión de que Venezuela bajo Chávez se dirigía hacia la debacle económica, apuntando a la supuesta convergencia de una industria petrolera mal gestionada en manos del Estado, un déficit público enorme, una expansión sin fin de un sector público hinchado, una deuda masiva y un sistema bancario muy ineficiente.

En respuesta a tan sombrías perspectivas, algunos analistas más equilibrados —como Mark Weisbrot, en recientes artículos publicados por el New York Times y The Guardian— han denunciado las obvias hipérboles, tergiversaciones e interpretaciones sesgadas de datos discutibles. Un análisis más detallado y objetivo de la evolución reciente de la economía venezolana muestra que, de acuerdo a información publicada nada menos que por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el déficit público del país representa el 7,4% del PIB, muy por debajo de las cifras de dos dígitos expuestos por los críticos de derecha. Los datos disponibles también demuestran que la deuda se mantiene justo por encima de 50% del PIB, una proporción mucho más saludable que la media de la Unión Europea (82,5%) y muy por debajo del objetivo fijado por Bruselas (60%). Asimismo, pese al esfuerzo de algunos periodistas y otros constructores de opinión para probar como Venezuela se habría convertido en un Estado socialista fallido, caracterizado por un sector público artificialmente inflado, los datos analizados por Weisbrot señalan que el Estado venezolano da empleo aproximadamente eal 18% de la población activa, un porcentaje menor al que se aprecia hoy en Francia y en los países escandinavos. Es verdad que la inflación —un problema generalizado en toda América Latina— sigue siendo una fuente de angustia, pero el hecho de que el gobierno haya invertido muchos recursos en políticas sociales en beneficio de los sectores más pobres de la población también debería ser tenido en cuenta.

En síntesis, no es tan difícil predecir que aunque Chávez haya muerto, el sector bolivariano va a ganar una vez más la inminente elección presidencial (la que, de acuerdo con la Constitución de Venezuela, debe ser convocada en las próximas semanas). Hugo Chávez y los instrumentos políticos que él creó —más recientemente el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV)— han ganado 13 de las 14 elecciones democráticas que tuvieron lugar bajo su período de gobierno.

Esta predicción se basa también en el reconocimiento de Chávez como un líder que apoyó con entusiasmo la apertura de nuevas oportunidades para la participación de los ciudadanos más allá de los límites de la democracia representativa tradicional. En el contexto del trabajo de investigación de TNI en Venezuela, desde el año 2006 he sido testigo directo no sólo de las limitaciones y las carencias de espacios institucionales innovadores como los consejos comunales y la mesas técnicas de agua y otros servicios públicos, sino también del potencial de empoderamiento de la democracia participativa para individuos y grupos sociales antes excluidos de la política venezolana.

Tampoco es difícil predecir que a pesar de la ausencia de Chávez la demonización del proceso bolivariano no se va a detener o atenuar. Nadie puede olvidar que Venezuela tiene enormes reservas de petróleo y que los gobiernos de EE.UU y de la Unión Europea no han dudado en intervenir en la política interna de los países de Oriente Medio y África del Norte para asegurar su acceso continuo a los recursos energéticos, por lo que estarían dispuestos a apoyar un cambio de régimen también en Caracas. Especialmente ahora que su opositor más ferviente ya no está activo en la política nacional e internacional.

Cualquier evaluación del legado de Chávez también debe prestar atención a la región en su conjunto. Entre finales de la década de 1960 y principios de la década de 1990 la mayoría de los gobiernos latinoamericanos estuvieron bajo el control de dictadores militares de derecha y/o de políticos corruptos y amigos del mercado. El ascenso de Chávez al gobierno en Venezuela marcó una ruptura con una tendencia que se prolongó durante décadas, abriendo el camino para la expansión de administraciones de izquierda o de centro-izquierda en la región, con una nueva generación de líderes y movimientos y partidos políticos que continúan siendo reelectos.

En el año 2004, cuando TNI coorganizó con el Havens Center de la Universidad de Wisconsin un encuentro político y académico internacional sobre la nueva izquierda latinoamericana (el llamado Diálogo de Madison), el panorama regional era totalmente diferente al que observamos en la actualidad. Pero cuando Chávez ganó su primera elección a fines de la década previa las diferencias eran todavía más marcadas. Cuando Chávez asumió el gobierno, el dogma dominante era el neoliberalismo y un giro a la izquierda en la región no estaba previsto ni siquiera por los científicos políticos más brillantes de la época. Pasaron algunos años después de su primera elección antes que otros presidentes progresistas tomaran posesión en Argentina (2003), Brasil (2003), Uruguay (2005), Bolivia (2006) y Ecuador (2007), entre otros países donde diferentes expresiones de la izquierda están hoy en el gobierno. Chávez fue el primero en proponer una reforma constitucional para dar reconocimiento legal a los nuevos y más amplios derechos, como ocurrió más tarde en Bolivia y Ecuador. Chávez también fue el primero en renacionalizar empresas públicas que habían sido privatizadas por los anteriores gobiernos neoliberales. Chávez cambió el rumbo de la integración regional mediante la creación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), liquidando al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que George Bush preveía que se ratificara en la cumbre hemisférica de Mar del Plata y, más recientemente, solicitando el ingreso de Venezuela al Mercosur en base una comprensión diferenciada de la integración más allá de los meros negocios y las ganancias. Obviamente, no sería razonable responsabilizar a Hugo Chávez por todos los logros y los fracasos de la izquierda en América Latina, pero nadie puede olvidar que él fue el primero y quien pavimentó la ruta política seguida por muchos otros gobernantes de izquierda de la región.

En América Latina, la significación histórica de Chávez fue resumida de forma sensible y sucinta en las declaraciones del presidente de Uruguay, mi país de origen. El presidente José Mujica, un viejo militante de izquierda con raíces políticas en la guerrilla tupamara, expresó lo siguiente: “Siempre se siente la muerte, pero cuando se trata de un militante de primera línea, de alguien que alguna vez definí como ‘el gobernante más generoso que haya conocido’, el dolor tiene otra dimensión”.

+ Info:

El principal legado de Chávez: construir con la gente una sociedad alternativa al capitalismo. Marta Harnecker

Discursos Comandante Hugo Chávez

El proceso bolivariano y las tensiones de un proyecto alternativo. Conversación con el politólogo Edgardo Lander. Franck Gaudichaud, TNI 2 Febrero 2009

Hugo Chávez: cronología de un revolucionario. Marianny Sánchez


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